Partes de la base de que el casco histórico aquellos días estaba rodeado de hierro y banderolas de multinacionales patrocinadoras de la parada de la Fórmula 1 en Azerbaiyán. Llegamos un día después de que el Gran Circo rodara por aquellas calles.
Eso le añadía un punto al asunto porque, que uno de los mayores espectáculos del mundo llegue a un país en mitad del Cáucaso te suscita hacerte algunas preguntas.
Azerbaiyán se muestra al mundo como un país abierto, vibrante e incluso multicultural y laico. Con la ambición de querer ser puente entre Oriente y Occidente y también de hacer de pasarela de buen vendedor de gas, claro.
Aunque detrás de esa imagen pulida y trabajada hay una realidad mucho menos glamurosa. Un régimen autoritario heredado de padre a hijo en el que detrás de esa bandera tricolor se esconden elecciones donde siempre ganan los mismos. En el país apenas existe la prensa independiente, prácticamente la que hay es la que viaja para cubrir el fin de semana de F1. No hay crítica al poder.
Es ese contraste el que le hace a uno perderse por completo. Porque esas miras modernas se ahogan en un sistema arcaico. Azerbaiyán es un lugar contradictorio donde surgen infinitas dudas. Por supuesto, mucho más trascendentales del por qué aquellos hombres que jugaban en el centro de Bakú golpeaban con esa fuerza las fichas.














