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Raúl Portero Lozano | Web personal


“Zwei deutsche soldaten”, dos soldados alemanes. Esta frase aparece tallada en miles de cruces que marcan el suelo del cementerio que cedieron los Estados Unidos a la comunidad alemana, para que tuvieran un lugar donde ir a buscar a familiares y antepasados que murieron en Normandía durante la liberación de Francia.

Es un letrero común que habla en plural y deja sin historia a quienes ahí abajo están. Pese a todo lo que ocurrió y a las atrocidades del nazismo, aquel cementerio fue el lugar que más me impresionó de toda la ruta. Recuerdo ver tantas y tantas fechas de muertes que no llegaban si quiera a los 20 años. 

Allí estaba claro que no había nada que celebrar, y por eso las cruces eran marrones y la mezcla de colores era oscura. Y una frase introducía al visitante antes de pasar al cementerio, diciendo algo así como que no todos los que ahí estaban habían elegido la causa o la lucha, y que también ellos habían encontrado el descanso en el suelo de Francia.

Eso es la guerra. Historias sin nombre, vencedores y vencidos. Cruces ancladas a la tierra, oscuras para algunos, blancas y radiantes para otros. Lugares marcados para siempre por lo que la condición humana decretó, con o sin razón. La naturaleza desvalida por los avances tecnológicos que se alinearon con la destrucción y no con la creación. Pero, tras los años, en aquellas playas las gaviotas siguen posándose en la arena ajenas a lo que ocurrió, y el musgo se ha hecho con el hierro de lo que un día sirvió de puerto militar. 

La naturaleza construye siempre lo que el humano destruye.


Las fotografías siguen hablándonos de lo que un día algo fue. De cómo cambiaron los lugares. De cómo la historia y el humano esculpió la realidad. 

Sin duda somos auténticos privilegiados de haber nacido y vivido en un tiempo distinto, donde los pilares de la sociedad están claros, o al menos lo estaban hasta hace poco. Pero ese privilegio nos hace cargar también con la necesidad de poner esos trozos de papel unos encima de otros. 

Encima de imágenes actuales, con mayor resolución y llenas de color. Opacando los tiempos y las circunstancias para entenderlas y recordar que lo conseguido, después de mucha pérdida, no ha estado ahí eternamente.

Ese ha sido el gran aprendizaje de este viaje. 

Fue un viaje en aquel Avangard de época soviética. Al volante un azerbaiyano (que no azerí) que hacía el viaje de ida y vuelta a aquellos volcanes de lodo y gas unas 40 veces al día.

Los caminos de tierra dura. Los pozos de gas al fondo que sabías que estaban en funcionamiento por la pequeña llama que había en lo alto. 

Los helicópteros dando vueltas para que todo fuera bien y nadie perturbara la extracción de los bienes codiciados que le hacen a Azerbaiyán sentarse en la mesa de los grandes.  Mirar de tú a tú a las democracias occidentales. 

La historia tatuada en la piedra del parque nacional de Gobustán con vistas a una cárcel de máxima seguridad donde había presos con condenas vitalicias por haber participado en atentados en la época más cruda por el Nagorno Qarabaj. 

El templo del fuego y el Yanar Dag, las llamas como señal de riqueza. Mientras haya llama habrá estatus. Mientras las balanzas de los pozos suban y bajen podremos ser quien somos.

Los palacios de los Kanes en Sheki. La ruta de la seda que tenía parada de prestigio en la ciudad. Aquella ruta que sigue existiendo hoy pero en la que viajan deseos gaseosos que recibimos con los ojos cerrados.

Una comida sabrosa con el lenguaje de las muescas. Sentir que el inglés también se pierde más allá de lo conocido. Unos chavales saliendo del colegio haciendo cosas de chavales y el sonido que viene de los minaretes a la hora del rezo de las 12.

El Cáucaso que llega al final. El mar Caspio hundiéndose a lo lejos y una silla clavada en la orilla que esperaba al que quiera contemplar el lugar donde muere la vieja Europa, o la puerta de Asia. Ni en eso estamos del todo de acuerdo.

Un viaje por tres países, por tres culturas. Por tres formas de entender y vivir. Una ruta en Avangard por los colores de tres banderas, por las maneras que tienen los humanos de enraizarse y estofarse de convencimiento. Que decida otro quien es el bueno.


Aquella foto tan chula con las velas de Bakú de fondo nos la hicimos poco después de ver a dos hombres jugar a un tradicional juego de mesa. No se les veía con prisa. Golpeaban aquellas fichas como si ese juego consistiera en ver quién las rompe antes. Aquella ciudad era un sitio de los que descolocan.

Partes de la base de que el casco histórico aquellos días estaba rodeado de hierro y banderolas de multinacionales patrocinadoras de la parada de la Fórmula 1 en Azerbaiyán. Llegamos un día después de que el Gran Circo rodara por aquellas calles. 

Eso le añadía un punto al asunto porque, que uno de los mayores espectáculos del mundo llegue a un país en mitad del Cáucaso te suscita hacerte algunas preguntas. 

Azerbaiyán se muestra al mundo como un país abierto, vibrante e incluso multicultural y laico. Con la ambición de querer ser puente entre Oriente y Occidente y también de hacer de pasarela de buen vendedor de gas, claro.

Aunque detrás de esa imagen pulida y trabajada hay una realidad mucho menos glamurosa. Un régimen autoritario heredado de padre a hijo en el que detrás de esa bandera tricolor se esconden elecciones donde siempre ganan los mismos. En el país apenas existe la prensa independiente, prácticamente la que hay es la que viaja para cubrir el fin de semana de F1. No hay crítica al poder.

Es ese contraste el que le hace a uno perderse por completo. Porque esas miras modernas se ahogan en un sistema arcaico. Azerbaiyán es un lugar contradictorio donde surgen infinitas dudas. Por supuesto, mucho más trascendentales del por qué aquellos hombres que jugaban en el centro de Bakú golpeaban con esa fuerza las fichas.


Todos los países tienen una memoria incómoda. En Georgia esa memoria viaja en un tren verde, acondicionado en el interior con baño y bien protegido del frío que suele azotar los inviernos del este.

En Gori nació Iósif Stalin y su ciudad natal parece cortada a la mitad con opiniones cruzadas de los vecinos que hoy transitan por sus calles. Un museo explica la vida del dictador olvidando la mayor parte de sus momentos oscuros y obviando todo aquello que pueda hacer dudar de su legado. 

Es parte de la atmósfera del tiempo suspendido que hay en el país y que se repite en lugares como Uplistsikhe. Allí la historia cavó en la misma roca para no desaparecer nunca y para recordar a todos los que la pisamos que por mucho que se quiera, el pasado nunca desaparece del todo.

Pero los georgianos no sólo miran atrás. Recorriendo (esta vez sí) su autovía más larga secuenciada por obras, llegas hasta la costa del mar Negro. Ahí irrumpen los rascacielos de Batumi donde la austeridad y aquella trasnochada historia desaparece por completo. 

Los casinos y bulevares bien iluminados reciben a millonarios y empresarios que llegan hasta aquella ciudad dispuestos a dejarse en ella buena parte de su dinero.

Este puede ser un buen resumen de Georgia, con ecos de profetas caducados y luces de rascacielos a pie de un mar marrón contaminado. Donde hay bodas cada minuto los sábados y donde los trenes verdes hoy están parados para los flashes de unos pocos turistas.

Si no fuera por el valioso tiempo que nos hace ganar, las autovías, autopistas y esas vías rápidas de dos y tres carriles serían algunos de los peores inventos de la historia. Nos hacen perder mucho.

Cuando se acabó aquella autovía desgastada con asfalto gris no pensamos que en realidad empezaba lo mejor de ese día: recorrer pequeñas poblaciones con apenas unas casas y pasar por los cientos de puestos de carretera en los que algunos paraban a comprar churchkhelas. (Yo creía que eran chorizos de matanza colgados.)

Fue en una de esas paradas donde probamos el vino de Kajetia, la región vinícola de Georgia, donde probamos la rica comida casera que nos prepararon en una pequeña bodega familiar y donde comprobamos la amabilidad de los que prefieren todos los días quedarse en su pequeña villa para enseñársela a quien venga.

Aquel asfalto de doble sentido nos llevó también hasta Sighnaghi y a su imponente vista de la cordillera del Cáucaso que parece pintada en una sábana que recorre todo el horizonte. A lo lejos se veían los picos blancos de esas montañas que llegan a traspasar el cielo.

También nos llevó hasta Telavi donde se nos hizo de noche. De camino vimos a los niños que llegaban a casa después de un día de colegio. A los mayores observando los coches pasar y a los animales que acampaban a ras de calle esperando que cayera algún trozo de pan por la ventanilla.

Y esa carretera también nos devolvió a Tiflis no sin antes parar a por uno de los chorizos dulces de los que hablábamos y tampoco sin pensar que nada de lo que acabo de contar hubiera sido posible si hubiera estado terminada aquella autovía que acorta tiempo, pero tritura tantos detalles.

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