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Raúl Portero Lozano | Web personal


Algunos momentos detenidos de todo lo vivido hace unos días cubriendo los incendios que afectaron a Castilla y León. Con perspectiva cobra algo más de sentido el trabajo que hicimos y la magnitud de lo que estaba pasando.

Me acuerdo de aquellos vecinos voluntarios de Castromil, en Zamora. De Álvaro y sus abejas. De Javier y sus vacas. De Sergio y de aquel árbol donde su abuelo dejaba siempre un cuchillo para almorzar. De tantos lugares que hacían felices y hacían vivir a muchas personas. De kilómetros y kilómetros de tierra quemada envuelta en una escala de grises aún humeante.

Ninguno de los afectados querían oír hablar de lo que la mayoría ya hablaba: de esas ayudas económicas directas a su cuenta bancaria. Para la mayoría carecían de sentido. Recuerdo también a José Manuel, vecino de Cional afectado por los incendios de la Sierra de la Culebra. De aquella mirada observando el monte resurgiendo algunos centímetros dos años después del fuego. "Que el dinero lo destinen a que esto no vuelva a ocurrir."

Seguro que estos incendios pasarán. Y en muchos lugares pensarán en el: "hasta el año que viene." Porque el fuego volverá y la amenaza de que volvamos a perder lugares de felicidad y de sustento para tantos, regresará. Y con ello volverán los limosneros visitantes que dejan la americana en el coche en verano.

Porque como dice la canción que se convierte en himno cada temporada estival en nuestras tierras: "los campos castellanos, (por desgracia) arden fácil en verano."





Al salir de casa, al entrar, cuando paseas entre escaparates, cuando vas en metro... cuando te ves frente a algún espejo, siempre observas como tu contorno se muestra a los demás. Está al alcance de muy pocos traspasar las capas de la carne y ver lo que hay por dentro.

Los que lo hacen es probable que te hablen desde el corazón, como alguien de tu familia. O desde la admiración como un buen amigo. Muy pocos lo harán desde la pura verdad, desde lo que hay, sin poesía ni respeto. 

Una persona un día me miró por dentro y observó mi voz, incluso también mi corazón (que muchas veces lo primero depende de lo segundo), y lo hizo poniéndome frente a su espejo. Mostrándome mis debilidades, mis polos hacia donde no debería pisar, mis inseguridades.

La mujer del espejo, como alguno la conocía, dijo una vez que ella estaba sentada donde quería estar. En su despacho en el centro de Madrid por donde tantos profesionales desfilaban a diario. A todos los ponía frente a su espejo para que se vieran cómo son y como suenan. "Si este espejo hablara..."

Igual parte de esa escenografía tenía que ver con su pasado soñado como directora de fotografía. El cine fue su primera llamada pero, como también se la escuchó en alguna ocasión: "cambié las luces por las voces". Pese a ello, aquella forma de mirar la vida y a las personas siempre quedó en su mirada de cine. 

Aquella mujer, nos dio a muchos de nosotros el primer papel de aquel texto que cambió gran parte de nuestra vida. "Vosotros no estáis aquí por lo buenos que sois o por lo que sabéis, estáis aquí por vuestra sensibilidad.", dijo un día ya en una de sus primeras clases. Allí comenzamos a entender qué era lo de mirar nuestra voz.

Siempre tuvo unos recuerdos especiales hacia Salvador Arias, actor que destacó en el doblaje, a quien recordaba como aquel que le enseñó a confiar en su voz. Un ejemplo que trató de trasladar a quienes pasaban por sus manos. Al principio, muchas voces llegaban justas de confianza y de empeño, pero el efecto de ella y su espejo cambiaba las autoestimas en cuestión de semanas.

"La voz para mi es el mayor tesoro que hay. Es milagroso como algo tan pequeño y tan delicado puede, en algún momento, hacer algo tan bonito como es que se le salte la lágrima de emoción a alguien escuchándote." Solo sintiendo pasión por lo que haces a diario, se puede llegar a la plenitud de soportar el paso del tiempo y las circunstancias. Esa mujer lo hacía.  

Después de miradas al espejo, después de que las voces de tantos se graduaran, todo lo aprendido lo escuchamos a diario. Aquella mujer y su espejo sigue reflejando la forma de decir aquello que pensamos en nuestra profesión. 

"Hay que ser tu coach personal porque no todos los días son perfectos.", comentó ella en una entrevista hace unas semanas. Lo raro de hoy es que haya algún día perfecto. 

Gracias por tu tiempo, tus ganas y tu mirada que siempre iba más allá. 

Para aquella mujer del espejo.

Assiah, un fotógrafo malagueño con raíces en La Palma, lleva meses fotografiando habitaciones ajenas. Muestra en una sola foto el alma de quien en ella vive y sueña. El otro día vino a la de Alicia y a la mía.

Assiah colocó su trípode y con un gran angular procuró sacar lo máximo posible de nuestros espacios más personales. El mío en el barrio de Embajadores, y el de Alicia, en Chamartín.


Tanto ella como yo llevábamos semanas pensando en esa cita. No hacía demasiado que habíamos encontrado un piso en una zona buena para ambos, en el que el precio dentro de la estafa tremebunda que hay montada en la capital, pues no estaba mal, y donde creíamos que era un buen lugar para dar el salto. Pasaban los días y Assiah ya por fin nos dio una cita. El jueves vino a nuestra casa a hacernos una foto para su colección.

En un visto y no visto punzó con su dedo índice sobre el botón de su cámara, desgastado de capturar instantes.

    — Mira al centro... Ya está Raúl, sales genial. —

Y con Alicia tres cuartos de lo mismo.

Le llevamos a su casa y en la mochila que guardaba su cámara de fotos iba la última fotografía de nuestra vida de solteros, de nuestra vida madrileña que con los años aborreces, de los sueños periodísticos individuales.

Desde entonces sabíamos que las fotos en nuestra casa serían siempre juntos porque la vida ya ha pedido paso entre el tiempo que huye a la carrera como si tuviera prisa por irse de nuestro lado.

La importancia de los espacios en los que vivimos es total en nosotros. Donde nacimos, donde nos criamos, donde disfrutamos, donde nos perdimos, a donde volvimos... y aquellos espacios donde has vivido parte fundamental de tu vida son difíciles de dejar.

Ahora entre cajas uno no deja de pensar en el futuro claroscuro que se divisa más allá de los rascacielos que nos dan cobijo en nuestra nueva casa. Hay cosas de Alicia... hay cosas mías... Ahora el espacio es común. La infancia, la adolescencia, la primera juventud gloriosa se pierden en el trastero de nuestra memoria. 

Lloramos mucho cuando vimos poco después de aquel día de las fotos, nuestras habitaciones desangeladas sin ningún tipo de emblema de personalidad a la vista. Estaban desnutridas de vida, a pelo, nos habíamos ido ya. Una imagen diferente a la de una nueva casa que día tras día va cogiendo el aroma de los dos.

Qué bonito es pensar en lo que vendrá. Nunca jamás inicié una etapa con más ganas que esta. Porque los jóvenes de hoy en día, esos maltratados con crisis dolientes, paros, precios inflados y un futuro que no dejan de hipotecarnos, también podemos crecer y progresar sin renunciar a los sueños.

Nuestras cosas se van ordenando poco a poco y cada día hay menos cajas en el salón. No entiendo cómo podían entrar tantas cosas en dos habitaciones. Si muchos de estos trastos los pillaran nuestras madres... seguramente llevarían tiempo en la basura. Pero ni del billete de tren que cogí hace años para volver a casa me quiero separar. Todo se viene conmigo, hasta el estuche deshilado que usaba en la ESO.

No sé si un día creí que este día llegaría, pero ha llegado y es de los mejores días de mi vida. Pese a que se sabe que varias de mis mejores etapas están a punto de secarse, hay otras con el tintero lleno que están a punto de escribirse.

    — Assiah: una foto solo, ¿verdad? —

    — Sí, Raúl. Ponte en el centro y te la tiro. —

    — Sácalo todo por favor, aquí luce el boceto de mi vida. —

    — Podemos repetir las veces que quieras. —

    — No, mejor sin trampas, no quiero volver a llorar. —

Uno de los sueños que le contaba a mi psicoanalista, era uno bastante común que ocurría en la misma casa siempre, con los mismos personajes y que siempre acababa igual. Me preguntaba por qué siempre el mismo sueño, y por qué de la misma manera.

El sol entraba por las rendijas de las ventanas de una casa llena de cristales por todas partes. Por un lado, venía una señora mayor y gritaba si estaba todo listo para cenar. Una mujer más joven decía que estaba todo listo, que sólo faltaba poner la mesa para trece personas. Entonces giraba la cabeza y había un hombre colocando varias mesas seguidas, porque de tantos como esperaban a cenar, no se entraba en una sola mesa.

Después iban llegando los invitados a esa cena, venían de cuatro en cuatro. Pero siempre faltaba uno. Había una persona que nunca cruzaba por esa puerta de madera barnizada. Llamaba al timbre y cuando yo iba a abrir no había nadie. El sol entonces me cegaba y perdía por completo la visión. Me daba la vuelta y en aquella casa ya no quedaba ningún cristal en las ventanas. Corría mucho aire. Ya no había ninguna de las personas que habían ido entrando. Pero seguían las mesas. Y encima de ellas, había una tarta con dos velas encendidas. 

En este momento, mi cuerpo, todas las veces que soñaba aquello, decidía despertarse en lugar de investigar que pasaba ahí dentro. Siempre me pregunté qué quería decir aquello. Se trataba de una celebración familiar seguro. Posiblemente de un cumpleaños. Pero aquella tarta, sueño tras sueño, no se derretía. Siempre estaba ahí. Y las velas nunca se apagaban.

¿Quién sería aquella persona que llamaba al timbre y se iba? ¿Sería para ella la tarta de la mesa? ¿Por qué parecía tenerlo todo y en cuestión de segundos, ya no había nada? 

Siempre me pareció muy interesante encontrar significado a los sueños, porque son muy reveladores de todo aquello que creemos que no nos afecta y en el fondo si lo ha hecho. Son el test perfecto contra valientes.

Hace ya mucho tiempo que el sueño no ha vuelto a reproducirse mientras dormía. Me da mucha angustia pensar ahora que no quede ni siquiera esa tarta con dos velas. Me gustaría pensar que ha habido alguien que no se quedó sin esa fiesta de cumpleaños, sin soplar esas velas. 

Desde hace un tiempo, gracias a mi compañera de vida, vivo los cumpleaños de otra manera. Nunca celebraba el sumar 365 días más de experiencia, como ahora. Entiendo la importancia de soplar las velas, en una tarta o donde sea, pero de soplarlas, al fin y al cabo. 

Dura apenas segundos, un instante. El fuego lo abrasa todo, incluso el sueño que entra gratis en el pack básico de cumpleaños. No tarda nada en apagarse. Los hay muy hábiles que dicen: "venga otra vez, pero ahora cantamos en inglés." Pero el fuego, ya no es el mismo de antes y también volverá a apagarse. 

No sé por qué, en aquel sueño las velas nunca se apagaban. Siempre alguien llamaba a la puerta y se iba. Siempre sonaba ese timbre, pero por algo que se me escapa, nunca alcanzaba a saber quién era y nunca, nunca entraba. 

¿Sería esa persona quien tenía que soplar aquellas velas? Eso explicaría por qué siempre estaban encendidas. Si fuera así, entonces tendría sentido que su tarta siempre esperara, sueño tras sueño y la mecha de las velas no se gastara. Igual, aquella persona no podría entrar, sólo podía llamar. Igual las velas, sólo eran el ejemplo de que siempre queda algo por celebrar. Siempre queda una última vez. Pero en ese sueño, ya no se podía pedir aquel deseo y que el fuego lo fundiera con su indiferencia. Ya no.

¿A dónde vuelven los apátridas? Me refiero a apátridas de todo, no sólo de país o tierra. ¿A dónde va la gente que nunca tiene una referencia pasada clara? ¿A dónde vuelven los que no han tenido un primer amor o los que no han tenido una familia? ¿Qué recuerdos hay donde no hay recuerdos?

Siempre que la tormenta viene cargada y truena fuerte, solemos volver a algo, pero esa gente, la apátrida de sentimientos, ¿a dónde vuelven exactamente?

Igual no es del todo malo no tener a donde regresar. Hay veces que volver es peligroso.

El maestro Borges dijo una vez, que cuando uno extrañaba un lugar, lo que realmente extrañaba era la época que correspondía a ese lugar; que no se extrañaban lo sitios, sino los tiempos. Y es que no se puede definir tan perfectamente lo que es el canto rodado de la vida. Lleno de picos, de imperfecciones al principio y poco a poco, por la fuerza de la naturaleza, se queda suave, limpio y bonito. 

Es complicado, por no decir imposible, que un canto rodado vuelva al principio del río o vuelva a donde estuvo unos años antes. Nosotros, que tenemos conciencia y podemos elegir donde ir, de donde marcharse y a donde volver, cometemos el error, siempre, de regresar al principio del río.

A mí me ha pasado hace poco. El otro día regresé a una ciudad en la que estuve varios años de mi vida viviendo y aprendiendo. Fui a ver a un amigo que por casualidad o porque así tenía que ser, comenzaba a trabajar allí después de varios años de exilio en casa de sus padres.

Cuando bajé del autobús, di los primeros pasos, crucé las primeras calles y no se había movido nada desde la última vez que por allí había pasado. Es como si regresara al decorado de una película cuyos escenarios yacen en una nave industrial, con cierto olor a suciedad y síntomas de dejadez, y que sólo los habían guardado porque al productor ejecutivo le hacía ilusión tenerlo allí.

Estaba todo. El sitio donde grabamos aquel corto. Los lugares donde, entre buenos amigos, de alguno hace mucho que no sé nada de él, jugábamos a ser directores de cine y a creernos aquello de que, en la pantalla blanca, todo funcionaba y todo era realidad.

Estaba también el lugar donde la conocí a ella y muy cerca de él, el lugar donde la vi por última vez. También aquel parque lleno de paz por el que discurrían las voces de las decisiones, a veces de las buenas, y otras muchas de las malas. Estaba aquel edificio modernista, inmenso, vanguardista, frío y un tanto oscuro. 

Entré y la puerta sonaba como la última vez que la crucé de salida. De ese decorado sí que no habían tocado prácticamente nada. Estaban todas las habitaciones. Estaban los bancos donde anidan las promesas de los chavales. Aún quedaban las miradas, los abrazos por buenas noticias y los besos por despedidas de fin de semana. 

Estaba la habitación verde, donde se soñaba en grande a pesar de que no entraban ni tres personas. Estaba llena, con todo el material que dejamos dentro. Quedaba también alguna gente. Algún paisano y paisana. Personas de confianza por las que parece que no pasan los años, volviendo a lo de antes, parece que son algo más del decorado.

Estaban aquellas escaleras donde nos poníamos a ver pasar la vida frente a un reloj digital rojo que marcaba las horas. En ese momento, no pasaba el tiempo.

Estaba todo, pero faltaban los actores de la película. Cada uno había emprendido ya su particular camino, buscando otras opciones con nuevos directores, culebrones de tarde o películas infumables que les daban de comer.

Ahí pensé en por qué no ser apátrida de momentos. En no tener donde volver, para no tener que recordar demasiado. 

La gente vive muy obsesionada con todo. Es excesivamente obsesa. Todo siempre tiene que pasar por algo y todo tiene que tener un significado, un estímulo, una razón, una tesis doctoral con su presentación ante un tribunal, para explicarse que lo que le pasa, tiene una explicación.

Pero hay cosas que no la tienen. No hay lógica, no hay tesis. Solo incertidumbre y duda. Hay gente que sólo es duda, haga lo que haga, y lo haga como lo haga. Hay otra, sin embargo, que con poner un pie en la calle es certeza y un ente fidedigno.

En una entrevista a un cantante hace un par de años le pregunté sobre si sus canciones tenían más de duda que de certeza y no supo responder. Ni él mismo sabía que había en sus letras, pero, sin embargo, funcionaban con el público y vendía miles de discos. 

Hoy, escribo esto porque me siento un poco apátrida. La mayoría tiene una explicación para todo y yo para muchas cosas no la tengo. La mayoría tiene donde volver y donde regresar a pesar de los tiempos, y yo, en muchos casos no. 

Vivan, entonces y como consuelo, los apátridas. Los que sólo tienen a donde llegar.


No he sido nunca de mucha lectura. Igual por eso continúo cometiendo faltas de ortografía. He ido mejorando, antes era mucho peor. Anda que no me quitaron puntos por escribir b cuando era v, por poner h cuando no había que hacerlo. Ahora está mucho mejor. Lo prometo. 

Ahora tengo tratamiento a base de lectura diaria, autores de mucha prosa y hasta en ocasiones cansinos, pero de los que se aprende bastante. Hasta a eso, a escribir.

Desde la terraza de la casa de mis tíos en Madrid se veía perfectamente las torres de la ciudad. Todos aquellos edificios que según viajas por la carretera te sitúan en el mapa. Las cuatro torres que están ahora en la antigua ciudad deportiva del Madrid, las Kio, la torre Europa, la Picasso... hasta una de colorines que con el tiempo he podido ver que está por la zona de Avenida de América. 

De esas torres hasta la terraza de aquel piso de Moratalaz había unos cuantos kilómetros, pero en la cabeza de un chiquillo no era tanto. Recuerdo dibujar en papel esos edificios e imaginarme como eran por dentro. Mis tíos en alguna ocasión comentaron que de mayor sería arquitecto o delineante. Casi aciertan.

Entre todas esas torres había una que era la más delgada de todas y casi la más alta. El Pirulí. La primera vez que escuché su nombre, rápidamente lo asocié con esos Chupa Chups de caramelo que parecían paraguas cerrados recubiertos de galleta. Desde entonces siempre que miro a lo alto de ese edificio me entran ganas de comerme uno. 

También pintaba El Pirulí. Mis tíos me explicaron que allí estaba la televisión y que esa construcción servía para que la señal llegara a toda España. Igual desde que comencé a pintar con algo más de seis años aquel edificio, quise llegar a tocarlo de cerca.

El tiempo me permitió entrar en ese lugar con los años. La primera vez que lo hice tenía la misma ilusión que de niño. Anda que no habían pasado cosas hasta entonces. Había llovido de narices... pero el entusiasmo ahí seguía.

Hace unos días fui a recoger un paquete a Leganés y paré a comer en un bar porque se me hizo un poco tarde. Vi un par de veces el cartel del menú y la verdad que me atrajo bastante. Decidí entrar y sentarme en una de sus mesas. Eran como las dos de la tarde y para comer había cuatro o cinco comensales.

Giré un poco la cabeza y vi a dos niños que parecían hermanos comiendo albóndigas junto a un señor que vestía de oscuro. Ese mismo señor me dijo que qué iba a tomar y le dije lo que quería comer. Era el dueño del local.

El caballero dejó a uno de los niños que tenía cogido porque no se quería acabar lo que quedaba en el plato y me dijo el menú. Acto seguido este hombre gritó en voz alta: "Vasili, atiende a este caballero que tengo que acabar de dar la comida a Daniel."

Vasili era otro camarero y llevaba poco tiempo trabajando allí. No controlaba demasiado de español y me lo dejó claro desde el principio. Logramos entendernos bien y puso sobre la mesa justo lo que habíamos acordado.

En el postre le pregunté sobre su vida y me dijo que era ucraniano y que no llevaba demasiado tiempo en Madrid. Le dije que la comida estaba muy rica y él me lo agradeció. En su sonrisa se podía ver la satisfacción de haber cumplido con su trabajo. 

Me preguntó que si quería algo de postre y le dije que si tenía algo de fruta. En ese momento, por la televisión estaban emitiendo un reportaje sobre los diez meses de guerra en Ucrania. Vasili, con el sonido de la cafetera de fondo, echó un par de miradas al televisor y después preguntó en la cocina qué había de fruta.

Al día siguiente, me esperaba un concierto de un grupo de música del que había escuchado alguna canción. Durante la última semana bastantes, aunque no pude memorizar todas las letras. Estaba nervioso antes de entrar, un poco más que cuando vi de cerca El Pirulí por primera vez. Al final todo fue muy bien.

Delito tiene, porque no se puede decir de otra manera, que el mejor momento del concierto para mí, fueran algo más de 48 segundos en los que el cantante del grupo se puso a cantar un tema de otra banda que había anunciado su retirada unas semanas antes. Vaya segundos... eso sí, me sabía toda la canción.

No era aquel tema, ni los acordes al piano, ni tener la letra trillada... era otra cosa que con los tiempos que corren no se puede decir muy alto. Como en todos mis textos no diré de qué estoy hablando. Casi tres horas de concierto y me quedo con aquellos poco más de cuarenta segundos.

El resumen de mi año se puede explicar en esos dos últimos días del año. Por haber entrado en aquel edificio, por haber visto tantas historias de cerca que antes veía de perfil y por haber confiado una vez más en la música. También por haber sido el año en el que menos faltas de ortografía he cometido nunca. Desde que estoy vivo quiero decir. 

El último atraco del año sucedió saliendo al recoger el coche del parking del Pirulí. Hice una última visita en la planta seis y girando la cabeza, haciendo un poco de esfuerzo, llegué a ver la terraza del 155 de la Avenida de Moratalaz. Allí, desde donde con la mirada de niño veía de lejos aquella torre alta y delgada.
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