Azerbaiyán, la Ruta de la Seda entre lodos y pueblos

by - enero 17, 2026

Fue un viaje en aquel Avangard de época soviética. Al volante un azerbaiyano (que no azerí) que hacía el viaje de ida y vuelta a aquellos volcanes de lodo y gas unas 40 veces al día.

Los caminos de tierra dura. Los pozos de gas al fondo que sabías que estaban en funcionamiento por la pequeña llama que había en lo alto. 

Los helicópteros dando vueltas para que todo fuera bien y nadie perturbara la extracción de los bienes codiciados que le hacen a Azerbaiyán sentarse en la mesa de los grandes.  Mirar de tú a tú a las democracias occidentales. 

La historia tatuada en la piedra del parque nacional de Gobustán con vistas a una cárcel de máxima seguridad donde había presos con condenas vitalicias por haber participado en atentados en la época más cruda por el Nagorno Qarabaj. 

El templo del fuego y el Yanar Dag, las llamas como señal de riqueza. Mientras haya llama habrá estatus. Mientras las balanzas de los pozos suban y bajen podremos ser quien somos.

Los palacios de los Kanes en Sheki. La ruta de la seda que tenía parada de prestigio en la ciudad. Aquella ruta que sigue existiendo hoy pero en la que viajan deseos gaseosos que recibimos con los ojos cerrados.

Una comida sabrosa con el lenguaje de las muescas. Sentir que el inglés también se pierde más allá de lo conocido. Unos chavales saliendo del colegio haciendo cosas de chavales y el sonido que viene de los minaretes a la hora del rezo de las 12.

El Cáucaso que llega al final. El mar Caspio hundiéndose a lo lejos y una silla clavada en la orilla que esperaba al que quiera contemplar el lugar donde muere la vieja Europa, o la puerta de Asia. Ni en eso estamos del todo de acuerdo.

Un viaje por tres países, por tres culturas. Por tres formas de entender y vivir. Una ruta en Avangard por los colores de tres banderas, por las maneras que tienen los humanos de enraizarse y estofarse de convencimiento. Que decida otro quien es el bueno.

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