Un anillo une el horizonte de las dos ciudades de Montreal. La vieja, que mira hacia el Mont Royal del que recibe el nombre, y la nueva, que enmarca el músculo económico de rascacielos acristalados.
Es un anillo de compromiso, porque ninguno de los grandes edificios modernos puede ser más alto que el propio Mont Royal. Aunque nadie dijo nada de crecer hacia abajo. Quizás por eso Montreal tiene la ciudad subterránea más grande del mundo.
Ese anillo lo guardan como una gran joya en alguna de las cámaras del Banco de la ciudad, que custodió también el oro inglés durante la IIGM. Es parte de un tesoro hoy simbólico que le hace ser la segunda ciudad más grande de Canadá pero que, en cambio, sus avances y vanguardias no le han servido para ser capital administrativa de nada, ni siquiera de su región.
Sí lo es del deporte y del arte, y ese mismo anillo es parte de los espectáculos que habitualmente se ven en la carpa del Cirque du Soleil y sirvió de regla para el curvado y estrecho trazado del circuito Gilles Villeneuve, con su muro de los campeones en la isla artificial de Notre Dame.
Aquel anillo nos mostró el inicio de un viaje circular por la historia, la naturaleza y las diferencias sociales y culturales que hay en Canadá.



















