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Raúl Portero Lozano | Web personal

De unas semanas recorriendo España viendo la emoción de muchos ante la llegada de ese eclipse que nos maravilló.

Es cierto que también, para otros tantos, la turra ha llegado a ser considerable, pero que el sol y la luna hayan querido deleitarse ante nuestros campos, ante nuestras casas, ante los pueblos en fiesta, ante un verano apurado, y ante nuestros ojos... es algo que hay que celebrar.

Y la acción fue como lo es la esencia de nuestros días: breve y concisa, sin parpadear. Ninguna milésima de segundo fue igual a la anterior.

"Lo espectacular de esto es que tanto tiempo antes pudiéramos calcular que esto iba a pasar", decían algunos, y aún siendo así, asusta por dentro el saber lo poco que sabemos de la inmensidad del exterior.

Eso fue lo verdaderamente espectacular, volver a sentirse microscópico en un universo inmenso que todos los días nos recuerda que el sol nace y muere, y que pase lo que pase, lo seguirá haciendo.


Inicio una etapa muy ilusionante como reportero del programa de TVE 'Aquí la Tierra', uno de los más icónicos de la parrilla de la televisión pública. Un programa que mira a nuestro planeta, a nuestro país, a sus costumbres y a nuestra forma de vivir.

Cambiamos el tono después de un periplo de cinco años en informativos pero mantenemos la mirada de un periodismo cercano y sincero, recorriendo España de arriba a abajo buscando esas pequeñas historias que siempre merece la pena ser contadas.

Desde ahora, mis trabajos podrán verse en la web del programa y en mi canal de YouTube.

Gracias a todo el equipo de RTVE por la confianza en mi para esta nueva aventura.

El pasado miércoles 15 de abril presentamos 'De viernes a abril' en la Biblioteca Pública José Saramago, del barrio de La Vaguada en Madrid. El acto estuvo presentado y conducido de nuevo por la periodista y también escritora, Alicia Plaza Huélamo.

Fue una tarde especial que compartí con grandes amigos y compañeros de profesión. Profundizamos sobre qué trata te transmitir el poemario, hablando del desarraigo, de la muerte, de los momentos fugaces y de todas esas cuestiones que aparecen en los poemas.

Estoy enormemente agradecido a todos los que quisieron estar presentes y arroparon este primer proyecto literario.


El pasado martes 7 de abril fue la primera presentación del libro 'De viernes a abril'. No podía haber sido en otro lugar que no fuera Medina de Rioseco, y no podía haber sido de otra manera que no fuera de una forma distendida y cercana. Por eso el acto tuvo lugar en la Cervecería The Irish River con un café de por medio.

Después de la presentación, varios autores riosecanos compartimos impresiones sobre aquello del escribir, sobre lo que nos motiva e inspira, y sobre como está el mundo de la escritura. Participamos a parte de un servidor, Patricia García Herrero, Luis Ángel Lobato y Javier Martín Lorenzo, y el coloquio fue conducido por la periodista y también escritora, Alicia Plaza Huélamo.

En este vídeo se puede disfrutar íntegramente de todo lo que comentamos y reflexionamos.


Lanzo 'De viernes a abril', un libro que supone un regreso y un paseo por la memoria donde he tratado de volver atrás muy despacio, sin dejar de pensar en el futuro. Donde regreso a los veranos interminables, a aquellos lugares intactos, y a escuchar de nuevo algunas voces que se fueron.

Desde la Tierra de Campos, y robándole a este lugar único en la Tierra, un ciclo lunar de un mes de abril, trato de poner palabra a la estrecha línea del paso de la nostalgia a la celebración, de la identidad al desarraigo, y a todos esos sueños coloridos de un muchacho que hoy ve desde la belleza discreta de lo vivido.

Espero de corazón, que si deseas leerlo, disfrutes como yo lo he hecho escribiendo y recordando, de cada frase y de cada página.

Puedes encontrar el libro en distintas plataformas de internet, en las webs de distintas librerías y en la página oficial de la editorial La Cueva del topo, quien ha editado el libro.

ACCESO A MATERIAL PARA PRENSA

Despedir un invierno desde lo alto de una roca. Donde la ingeniería fue capaz de mantener una inmensa Abadía, visitada a diario por gaviotas y pájaros que siguen sorprendidos por aquella estructura.

Un castillo en mitad del mar que se cubre de agua cuando sube la marea, y se seca, dejando ver las huellas de quienes pasaron, muchas otras veces al año.

Un adiós al invierno también desde Honfleur. Desde su puerto de casas de madera, y desde una brisa helada con la que da los buenos días el brazo del Atlántico que presta al Canal de la Mancha.

Adiós al invierno desde el Bayeux de De Gaulle. Desde sus calles donde paseó hace unos cuantos años entre vítores de los franceses. Desde las agujas de su increíble catedral, y desde el sonido de los canales de agua que atraviesan el centro.

Y adiós al invierno desde Nantes. Con galletas y trozos de Julio Verne. Última parada de un viaje precioso que no estaba pensado para un mes de enero pero que alumbró gran parte del invierno.

"Si es que... seguro que ahora estará todo mucho más bonito." O no, quien sabe. Normandía siempre será parte de un trozo de invierno.


“Zwei deutsche soldaten”, dos soldados alemanes. Esta frase aparece tallada en miles de cruces que marcan el suelo del cementerio que cedieron los Estados Unidos a la comunidad alemana, para que tuvieran un lugar donde ir a buscar a familiares y antepasados que murieron en Normandía durante la liberación de Francia.

Es un letrero común que habla en plural y deja sin historia a quienes ahí abajo están. Pese a todo lo que ocurrió y a las atrocidades del nazismo, aquel cementerio fue el lugar que más me impresionó de toda la ruta. Recuerdo ver tantas y tantas fechas de muertes que no llegaban si quiera a los 20 años. 

Allí estaba claro que no había nada que celebrar, y por eso las cruces eran marrones y la mezcla de colores era oscura. Y una frase introducía al visitante antes de pasar al cementerio, diciendo algo así como que no todos los que ahí estaban habían elegido la causa o la lucha, y que también ellos habían encontrado el descanso en el suelo de Francia.

Eso es la guerra. Historias sin nombre, vencedores y vencidos. Cruces ancladas a la tierra, oscuras para algunos, blancas y radiantes para otros. Lugares marcados para siempre por lo que la condición humana decretó, con o sin razón. La naturaleza desvalida por los avances tecnológicos que se alinearon con la destrucción y no con la creación. Pero, tras los años, en aquellas playas las gaviotas siguen posándose en la arena ajenas a lo que ocurrió, y el musgo se ha hecho con el hierro de lo que un día sirvió de puerto militar. 

La naturaleza construye siempre lo que el humano destruye.


Las fotografías siguen hablándonos de lo que un día algo fue. De cómo cambiaron los lugares. De cómo la historia y el humano esculpió la realidad. 

Sin duda somos auténticos privilegiados de haber nacido y vivido en un tiempo distinto, donde los pilares de la sociedad están claros, o al menos lo estaban hasta hace poco. Pero ese privilegio nos hace cargar también con la necesidad de poner esos trozos de papel unos encima de otros. 

Encima de imágenes actuales, con mayor resolución y llenas de color. Opacando los tiempos y las circunstancias para entenderlas y recordar que lo conseguido, después de mucha pérdida, no ha estado ahí eternamente.

Ese ha sido el gran aprendizaje de este viaje. 

Fue un viaje en aquel Avangard de época soviética. Al volante un azerbaiyano (que no azerí) que hacía el viaje de ida y vuelta a aquellos volcanes de lodo y gas unas 40 veces al día.

Los caminos de tierra dura. Los pozos de gas al fondo que sabías que estaban en funcionamiento por la pequeña llama que había en lo alto. 

Los helicópteros dando vueltas para que todo fuera bien y nadie perturbara la extracción de los bienes codiciados que le hacen a Azerbaiyán sentarse en la mesa de los grandes.  Mirar de tú a tú a las democracias occidentales. 

La historia tatuada en la piedra del parque nacional de Gobustán con vistas a una cárcel de máxima seguridad donde había presos con condenas vitalicias por haber participado en atentados en la época más cruda por el Nagorno Qarabaj. 

El templo del fuego y el Yanar Dag, las llamas como señal de riqueza. Mientras haya llama habrá estatus. Mientras las balanzas de los pozos suban y bajen podremos ser quien somos.

Los palacios de los Kanes en Sheki. La ruta de la seda que tenía parada de prestigio en la ciudad. Aquella ruta que sigue existiendo hoy pero en la que viajan deseos gaseosos que recibimos con los ojos cerrados.

Una comida sabrosa con el lenguaje de las muescas. Sentir que el inglés también se pierde más allá de lo conocido. Unos chavales saliendo del colegio haciendo cosas de chavales y el sonido que viene de los minaretes a la hora del rezo de las 12.

El Cáucaso que llega al final. El mar Caspio hundiéndose a lo lejos y una silla clavada en la orilla que esperaba al que quiera contemplar el lugar donde muere la vieja Europa, o la puerta de Asia. Ni en eso estamos del todo de acuerdo.

Un viaje por tres países, por tres culturas. Por tres formas de entender y vivir. Una ruta en Avangard por los colores de tres banderas, por las maneras que tienen los humanos de enraizarse y estofarse de convencimiento. Que decida otro quien es el bueno.


Aquella foto tan chula con las velas de Bakú de fondo nos la hicimos poco después de ver a dos hombres jugar a un tradicional juego de mesa. No se les veía con prisa. Golpeaban aquellas fichas como si ese juego consistiera en ver quién las rompe antes. Aquella ciudad era un sitio de los que descolocan.

Partes de la base de que el casco histórico aquellos días estaba rodeado de hierro y banderolas de multinacionales patrocinadoras de la parada de la Fórmula 1 en Azerbaiyán. Llegamos un día después de que el Gran Circo rodara por aquellas calles. 

Eso le añadía un punto al asunto porque, que uno de los mayores espectáculos del mundo llegue a un país en mitad del Cáucaso te suscita hacerte algunas preguntas. 

Azerbaiyán se muestra al mundo como un país abierto, vibrante e incluso multicultural y laico. Con la ambición de querer ser puente entre Oriente y Occidente y también de hacer de pasarela de buen vendedor de gas, claro.

Aunque detrás de esa imagen pulida y trabajada hay una realidad mucho menos glamurosa. Un régimen autoritario heredado de padre a hijo en el que detrás de esa bandera tricolor se esconden elecciones donde siempre ganan los mismos. En el país apenas existe la prensa independiente, prácticamente la que hay es la que viaja para cubrir el fin de semana de F1. No hay crítica al poder.

Es ese contraste el que le hace a uno perderse por completo. Porque esas miras modernas se ahogan en un sistema arcaico. Azerbaiyán es un lugar contradictorio donde surgen infinitas dudas. Por supuesto, mucho más trascendentales del por qué aquellos hombres que jugaban en el centro de Bakú golpeaban con esa fuerza las fichas.


Todos los países tienen una memoria incómoda. En Georgia esa memoria viaja en un tren verde, acondicionado en el interior con baño y bien protegido del frío que suele azotar los inviernos del este.

En Gori nació Iósif Stalin y su ciudad natal parece cortada a la mitad con opiniones cruzadas de los vecinos que hoy transitan por sus calles. Un museo explica la vida del dictador olvidando la mayor parte de sus momentos oscuros y obviando todo aquello que pueda hacer dudar de su legado. 

Es parte de la atmósfera del tiempo suspendido que hay en el país y que se repite en lugares como Uplistsikhe. Allí la historia cavó en la misma roca para no desaparecer nunca y para recordar a todos los que la pisamos que por mucho que se quiera, el pasado nunca desaparece del todo.

Pero los georgianos no sólo miran atrás. Recorriendo (esta vez sí) su autovía más larga secuenciada por obras, llegas hasta la costa del mar Negro. Ahí irrumpen los rascacielos de Batumi donde la austeridad y aquella trasnochada historia desaparece por completo. 

Los casinos y bulevares bien iluminados reciben a millonarios y empresarios que llegan hasta aquella ciudad dispuestos a dejarse en ella buena parte de su dinero.

Este puede ser un buen resumen de Georgia, con ecos de profetas caducados y luces de rascacielos a pie de un mar marrón contaminado. Donde hay bodas cada minuto los sábados y donde los trenes verdes hoy están parados para los flashes de unos pocos turistas.

Si no fuera por el valioso tiempo que nos hace ganar, las autovías, autopistas y esas vías rápidas de dos y tres carriles serían algunos de los peores inventos de la historia. Nos hacen perder mucho.

Cuando se acabó aquella autovía desgastada con asfalto gris no pensamos que en realidad empezaba lo mejor de ese día: recorrer pequeñas poblaciones con apenas unas casas y pasar por los cientos de puestos de carretera en los que algunos paraban a comprar churchkhelas. (Yo creía que eran chorizos de matanza colgados.)

Fue en una de esas paradas donde probamos el vino de Kajetia, la región vinícola de Georgia, donde probamos la rica comida casera que nos prepararon en una pequeña bodega familiar y donde comprobamos la amabilidad de los que prefieren todos los días quedarse en su pequeña villa para enseñársela a quien venga.

Aquel asfalto de doble sentido nos llevó también hasta Sighnaghi y a su imponente vista de la cordillera del Cáucaso que parece pintada en una sábana que recorre todo el horizonte. A lo lejos se veían los picos blancos de esas montañas que llegan a traspasar el cielo.

También nos llevó hasta Telavi donde se nos hizo de noche. De camino vimos a los niños que llegaban a casa después de un día de colegio. A los mayores observando los coches pasar y a los animales que acampaban a ras de calle esperando que cayera algún trozo de pan por la ventanilla.

Y esa carretera también nos devolvió a Tiflis no sin antes parar a por uno de los chorizos dulces de los que hablábamos y tampoco sin pensar que nada de lo que acabo de contar hubiera sido posible si hubiera estado terminada aquella autovía que acorta tiempo, pero tritura tantos detalles.


Asomarse a un balcón con el viento soplando fuerte y observar las montañas cruzándose entre sí. La paz en un robusto monumento lleno de turistas. Esa paz que se vuelve visitable. 

En lo alto de la montaña georgiana se escenifica en piedra y azulejos la amistad que une a Georgia con el pueblo ruso. La carretera para llegar a los 2300 metros a los que se levanta es la misma que cruza hasta el país de los Urales. La hilera de camiones de mercancía que llegan desde allí recorre kilómetros y kilómetros. 

Arriba en la montaña Georgia guarda parte de sus tesoros. Viven ocultos entre valles donde quizás exista la certeza de que estarán presentes para siempre. Lugares como el monasterio de Gergeti desde donde uno acaba aceptando lo pequeño que es.

Sólo los turistas que pasamos apenas unos minutos allí somos capaces de romper ese silencio antiguo por el que nadie responde. Que vértigo da el tiempo a través del tiempo. Donde quedarán las voces que un día allí pusieron piedras buscando altura.

Y la montaña sigue mirando y contemplando. Esa misma que tiene en la cima una raya que sólo los humanos somos capaces de ver. Las marcas fronterizas que un ave puede trasgredir, pero no una persona sin pasaporte en regla.

Diálogo completo con Miguel García Marbán dentro del ciclo 'Tardes de Arte' en Medina de Rioseco. Una cita especial en la que hablé de gran parte de mi vida, de mi profesión y de mis sueños.

El acto tuvo lugar el 14 de noviembre de 2025 en el Salón de Actos del Ayuntamiento de Medina de Rioseco, Valladolid.


En el mundo hay millones de relojes y horas marcadas a fuego para los que los miran. En Tiflis está el más pequeño del mundo. Encerrado entre ladrillos torcidos y donde tienes que tener el ojo bien despejado si quieres llegar a ver sus agujas.

A través de él se puede ver el tiempo que pasó y que sigue pasando hoy en el corazón de un país que late entre montañas y de una ciudad que es el espejo de la dignidad de sus gentes.

Por ese pequeño reloj se ven las horas detenidas de esa obstinada alegría de antepasados que no se dejaron vencer. Se ve a lo lejos a una mujer que en una mano tiene una copa de vino que ofrece a sus amigos y en la otra una espada por si llegara algún enemigo. 

Pero se ven también los errores y los abusos. Se ve a los jóvenes saliendo a la calle reclamando poder decidir su futuro. Pidiendo alejarse de vecinos que para ellos poco aportan en sus días y en su forma de vivir.

Hay miradas de georgianos hacia su reloj llenas de nostalgia y tristeza porque sienten que se les escapa de las manos las horas de su mañana.

En Tiflis, a veces parece que todo está un poco roto, aunque nada está aún caído. Hay herida pero queda canto. Hay horas pasadas que recordar y minutos futuros por los que seguir luchando.


Hay lugares donde la vida se teje lejos del ruido. Sitios donde uno nunca pensaba que se pudieran encender las luces al caer la tarde. Lo más probable es que la mitad de las personas del mundo no sepan que existe la otra mitad y eso llega a ser por momentos fascinante.

Entre montañas y valles vive el mundo rural armenio. Con carreteras que se pierden en la niebla y con rostros que sostienen horizontes más allá de la ciudad.

Allí las gentes no buscan brillar, buscan simplemente vivir como lo vieron siempre. Al pasar te miran e imaginan cuál puede ser tu historia. Pero esa mirada vive apenas segundos. Dura lo que tardas en pasar con el coche fugazmente.

Pero en tu mente se quedan esos espacios. Esas casas. Esos gestos de los más sabios a los pequeños inocentes. También todos los objetos a los que no encuentras una explicación verosímil de por qué están ahí.

Es complicado guardar el mundo en una mirada pero esas que pasan por donde sabes que es más que probable que nunca vuelvas a pasar son las más especiales.




Al final de la Avenida del Norte en Ereván se levanta el edificio de la Ópera. Es un lugar especial para los vecinos. Una de las principales atracciones culturales que hay en la ciudad.

La capital de Armenia es un poco como una ópera en pleno estreno. Sus calles principales recuerdan a aquellas centroeuropeas donde las grandes marcas tienen bien puestos sus escaparates. Están preparadas para recibir al público en sus butacas. 

Es una ópera con voces jóvenes que miran a los asistentes con la fuerza de querer prosperar y dejar atrás un pasado de vocalistas noveles de pequeños escenarios. Quieren afrontar su futuro con lo que tienen y nada más. Sin olvidar que esa obra, esa ciudad, es una de las más antiguas del mundo, más incluso que Roma.

Y tiene pausas. Tiene cafés que tomar. Conversaciones entre acto y acto que tratar. Una poderosa vida nocturna donde aquellos jóvenes solistas disfrutan de la vida entre noche y noche en los días de cartel.

Ereván es una ópera que se ve rosa como las piedras de la mayoría de sus edificios históricos donde lo soviético ahora es simplemente un sello. Aunque conserven algún cine como el 'Moscú'.

Y la obra acaba por todo lo alto, con voces agudas y graves que se mezclan en el decorado de un escenario donde hay fuentes de agua y luces de colores que celebran en la noche de un sábado.

Los aplausos los ponen los tantos turistas que alguna vez quisimos ir a conocer aquella ciudad, o aquella ópera.




Armenia es el único país del Cáucaso que no tiene mar. Sus habitantes viven rodeados de trozos de tierra de otros. Aunque si preguntas a más de uno es probable que antes de pedirte tener un trozo de mar, te pedirán poder tener un pedazo de montaña. 

En Armenia se mira y se busca al Ararat. El icono de los apenas tres millones de personas que viven en el país. Aquel monte pertenece hoy a Turquía por el tratado que firmaron con la Unión Soviética en 1921. 

Pero sigue siendo el alma de todos los armenios porque allí dicen que nació su pueblo y allí, según las escrituras, el Arca de Noé descansó tras el diluvio. Por eso Armenia es sumamente cristiana y por eso son el primer pueblo del mundo que adoptó el cristianismo como religión. 

Hoy las miradas hacia el Ararat se regocijan en el pensamiento de los que siguen a la Iglesia Apostólica Armenia y rezan en alguno de sus cientos de templos que hay por el país. Desde Khor Virap a Noravank. Desde Geghard hasta Sevanavank.

Su fe sólo les permite mirar hacia esa montaña. Por eso rechazan las directrices vaticanas y tienen su propio líder conocido como el Catholicós de todos los armenios.

El Ararat es parte de ellos aunque haya una frontera de por medio. Un pedazo de tierra y un pueblo que se miran mutuamente pero solo se queda en eso.





Algunos momentos detenidos de todo lo vivido hace unos días cubriendo los incendios que afectaron a Castilla y León. Con perspectiva cobra algo más de sentido el trabajo que hicimos y la magnitud de lo que estaba pasando.

Me acuerdo de aquellos vecinos voluntarios de Castromil, en Zamora. De Álvaro y sus abejas. De Javier y sus vacas. De Sergio y de aquel árbol donde su abuelo dejaba siempre un cuchillo para almorzar. De tantos lugares que hacían felices y hacían vivir a muchas personas. De kilómetros y kilómetros de tierra quemada envuelta en una escala de grises aún humeante.

Ninguno de los afectados querían oír hablar de lo que la mayoría ya hablaba: de esas ayudas económicas directas a su cuenta bancaria. Para la mayoría carecían de sentido. Recuerdo también a José Manuel, vecino de Cional afectado por los incendios de la Sierra de la Culebra. De aquella mirada observando el monte resurgiendo algunos centímetros dos años después del fuego. "Que el dinero lo destinen a que esto no vuelva a ocurrir."

Seguro que estos incendios pasarán. Y en muchos lugares pensarán en el: "hasta el año que viene." Porque el fuego volverá y la amenaza de que volvamos a perder lugares de felicidad y de sustento para tantos, regresará. Y con ello volverán los limosneros visitantes que dejan la americana en el coche en verano.

Porque como dice la canción que se convierte en himno cada temporada estival en nuestras tierras: "los campos castellanos, (por desgracia) arden fácil en verano."




Sicilia nos dejó una caja con pequeños recortes en los que estaba todo aquello que vimos y disfrutamos.

Como las cintas de Alfredo a Totó. Como lo que el cine deja a los mortales. 

Los recuerdos de los días viajando por aquella isla.

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