facebook twitter instagram youtube linkedin
  • Home
  • Trabajos
    • Telediario
    • Productora
  • RTVE
  • Sobre mí
    • Entrevistas
  • Blog
    • Artículos
    • Reflexiones
    • Mundo
  • Eventos
  • Contacto

Raúl Portero Lozano | Web personal


“Zwei deutsche soldaten”, dos soldados alemanes. Esta frase aparece tallada en miles de cruces que marcan el suelo del cementerio que cedieron los Estados Unidos a la comunidad alemana, para que tuvieran un lugar donde ir a buscar a familiares y antepasados que murieron en Normandía durante la liberación de Francia.

Es un letrero común que habla en plural y deja sin historia a quienes ahí abajo están. Pese a todo lo que ocurrió y a las atrocidades del nazismo, aquel cementerio fue el lugar que más me impresionó de toda la ruta. Recuerdo ver tantas y tantas fechas de muertes que no llegaban si quiera a los 20 años. 

Allí estaba claro que no había nada que celebrar, y por eso las cruces eran marrones y la mezcla de colores era oscura. Y una frase introducía al visitante antes de pasar al cementerio, diciendo algo así como que no todos los que ahí estaban habían elegido la causa o la lucha, y que también ellos habían encontrado el descanso en el suelo de Francia.

Eso es la guerra. Historias sin nombre, vencedores y vencidos. Cruces ancladas a la tierra, oscuras para algunos, blancas y radiantes para otros. Lugares marcados para siempre por lo que la condición humana decretó, con o sin razón. La naturaleza desvalida por los avances tecnológicos que se alinearon con la destrucción y no con la creación. Pero, tras los años, en aquellas playas las gaviotas siguen posándose en la arena ajenas a lo que ocurrió, y el musgo se ha hecho con el hierro de lo que un día sirvió de puerto militar. 

La naturaleza construye siempre lo que el humano destruye.


Las fotografías siguen hablándonos de lo que un día algo fue. De cómo cambiaron los lugares. De cómo la historia y el humano esculpió la realidad. 

Sin duda somos auténticos privilegiados de haber nacido y vivido en un tiempo distinto, donde los pilares de la sociedad están claros, o al menos lo estaban hasta hace poco. Pero ese privilegio nos hace cargar también con la necesidad de poner esos trozos de papel unos encima de otros. 

Encima de imágenes actuales, con mayor resolución y llenas de color. Opacando los tiempos y las circunstancias para entenderlas y recordar que lo conseguido, después de mucha pérdida, no ha estado ahí eternamente.

Ese ha sido el gran aprendizaje de este viaje. 

Fue un viaje en aquel Avangard de época soviética. Al volante un azerbaiyano (que no azerí) que hacía el viaje de ida y vuelta a aquellos volcanes de lodo y gas unas 40 veces al día.

Los caminos de tierra dura. Los pozos de gas al fondo que sabías que estaban en funcionamiento por la pequeña llama que había en lo alto. 

Los helicópteros dando vueltas para que todo fuera bien y nadie perturbara la extracción de los bienes codiciados que le hacen a Azerbaiyán sentarse en la mesa de los grandes.  Mirar de tú a tú a las democracias occidentales. 

La historia tatuada en la piedra del parque nacional de Gobustán con vistas a una cárcel de máxima seguridad donde había presos con condenas vitalicias por haber participado en atentados en la época más cruda por el Nagorno Qarabaj. 

El templo del fuego y el Yanar Dag, las llamas como señal de riqueza. Mientras haya llama habrá estatus. Mientras las balanzas de los pozos suban y bajen podremos ser quien somos.

Los palacios de los Kanes en Sheki. La ruta de la seda que tenía parada de prestigio en la ciudad. Aquella ruta que sigue existiendo hoy pero en la que viajan deseos gaseosos que recibimos con los ojos cerrados.

Una comida sabrosa con el lenguaje de las muescas. Sentir que el inglés también se pierde más allá de lo conocido. Unos chavales saliendo del colegio haciendo cosas de chavales y el sonido que viene de los minaretes a la hora del rezo de las 12.

El Cáucaso que llega al final. El mar Caspio hundiéndose a lo lejos y una silla clavada en la orilla que esperaba al que quiera contemplar el lugar donde muere la vieja Europa, o la puerta de Asia. Ni en eso estamos del todo de acuerdo.

Un viaje por tres países, por tres culturas. Por tres formas de entender y vivir. Una ruta en Avangard por los colores de tres banderas, por las maneras que tienen los humanos de enraizarse y estofarse de convencimiento. Que decida otro quien es el bueno.


Aquella foto tan chula con las velas de Bakú de fondo nos la hicimos poco después de ver a dos hombres jugar a un tradicional juego de mesa. No se les veía con prisa. Golpeaban aquellas fichas como si ese juego consistiera en ver quién las rompe antes. Aquella ciudad era un sitio de los que descolocan.

Partes de la base de que el casco histórico aquellos días estaba rodeado de hierro y banderolas de multinacionales patrocinadoras de la parada de la Fórmula 1 en Azerbaiyán. Llegamos un día después de que el Gran Circo rodara por aquellas calles. 

Eso le añadía un punto al asunto porque, que uno de los mayores espectáculos del mundo llegue a un país en mitad del Cáucaso te suscita hacerte algunas preguntas. 

Azerbaiyán se muestra al mundo como un país abierto, vibrante e incluso multicultural y laico. Con la ambición de querer ser puente entre Oriente y Occidente y también de hacer de pasarela de buen vendedor de gas, claro.

Aunque detrás de esa imagen pulida y trabajada hay una realidad mucho menos glamurosa. Un régimen autoritario heredado de padre a hijo en el que detrás de esa bandera tricolor se esconden elecciones donde siempre ganan los mismos. En el país apenas existe la prensa independiente, prácticamente la que hay es la que viaja para cubrir el fin de semana de F1. No hay crítica al poder.

Es ese contraste el que le hace a uno perderse por completo. Porque esas miras modernas se ahogan en un sistema arcaico. Azerbaiyán es un lugar contradictorio donde surgen infinitas dudas. Por supuesto, mucho más trascendentales del por qué aquellos hombres que jugaban en el centro de Bakú golpeaban con esa fuerza las fichas.


Todos los países tienen una memoria incómoda. En Georgia esa memoria viaja en un tren verde, acondicionado en el interior con baño y bien protegido del frío que suele azotar los inviernos del este.

En Gori nació Iósif Stalin y su ciudad natal parece cortada a la mitad con opiniones cruzadas de los vecinos que hoy transitan por sus calles. Un museo explica la vida del dictador olvidando la mayor parte de sus momentos oscuros y obviando todo aquello que pueda hacer dudar de su legado. 

Es parte de la atmósfera del tiempo suspendido que hay en el país y que se repite en lugares como Uplistsikhe. Allí la historia cavó en la misma roca para no desaparecer nunca y para recordar a todos los que la pisamos que por mucho que se quiera, el pasado nunca desaparece del todo.

Pero los georgianos no sólo miran atrás. Recorriendo (esta vez sí) su autovía más larga secuenciada por obras, llegas hasta la costa del mar Negro. Ahí irrumpen los rascacielos de Batumi donde la austeridad y aquella trasnochada historia desaparece por completo. 

Los casinos y bulevares bien iluminados reciben a millonarios y empresarios que llegan hasta aquella ciudad dispuestos a dejarse en ella buena parte de su dinero.

Este puede ser un buen resumen de Georgia, con ecos de profetas caducados y luces de rascacielos a pie de un mar marrón contaminado. Donde hay bodas cada minuto los sábados y donde los trenes verdes hoy están parados para los flashes de unos pocos turistas.

Si no fuera por el valioso tiempo que nos hace ganar, las autovías, autopistas y esas vías rápidas de dos y tres carriles serían algunos de los peores inventos de la historia. Nos hacen perder mucho.

Cuando se acabó aquella autovía desgastada con asfalto gris no pensamos que en realidad empezaba lo mejor de ese día: recorrer pequeñas poblaciones con apenas unas casas y pasar por los cientos de puestos de carretera en los que algunos paraban a comprar churchkhelas. (Yo creía que eran chorizos de matanza colgados.)

Fue en una de esas paradas donde probamos el vino de Kajetia, la región vinícola de Georgia, donde probamos la rica comida casera que nos prepararon en una pequeña bodega familiar y donde comprobamos la amabilidad de los que prefieren todos los días quedarse en su pequeña villa para enseñársela a quien venga.

Aquel asfalto de doble sentido nos llevó también hasta Sighnaghi y a su imponente vista de la cordillera del Cáucaso que parece pintada en una sábana que recorre todo el horizonte. A lo lejos se veían los picos blancos de esas montañas que llegan a traspasar el cielo.

También nos llevó hasta Telavi donde se nos hizo de noche. De camino vimos a los niños que llegaban a casa después de un día de colegio. A los mayores observando los coches pasar y a los animales que acampaban a ras de calle esperando que cayera algún trozo de pan por la ventanilla.

Y esa carretera también nos devolvió a Tiflis no sin antes parar a por uno de los chorizos dulces de los que hablábamos y tampoco sin pensar que nada de lo que acabo de contar hubiera sido posible si hubiera estado terminada aquella autovía que acorta tiempo, pero tritura tantos detalles.


Asomarse a un balcón con el viento soplando fuerte y observar las montañas cruzándose entre sí. La paz en un robusto monumento lleno de turistas. Esa paz que se vuelve visitable. 

En lo alto de la montaña georgiana se escenifica en piedra y azulejos la amistad que une a Georgia con el pueblo ruso. La carretera para llegar a los 2300 metros a los que se levanta es la misma que cruza hasta el país de los Urales. La hilera de camiones de mercancía que llegan desde allí recorre kilómetros y kilómetros. 

Arriba en la montaña Georgia guarda parte de sus tesoros. Viven ocultos entre valles donde quizás exista la certeza de que estarán presentes para siempre. Lugares como el monasterio de Gergeti desde donde uno acaba aceptando lo pequeño que es.

Sólo los turistas que pasamos apenas unos minutos allí somos capaces de romper ese silencio antiguo por el que nadie responde. Que vértigo da el tiempo a través del tiempo. Donde quedarán las voces que un día allí pusieron piedras buscando altura.

Y la montaña sigue mirando y contemplando. Esa misma que tiene en la cima una raya que sólo los humanos somos capaces de ver. Las marcas fronterizas que un ave puede trasgredir, pero no una persona sin pasaporte en regla.


En el mundo hay millones de relojes y horas marcadas a fuego para los que los miran. En Tiflis está el más pequeño del mundo. Encerrado entre ladrillos torcidos y donde tienes que tener el ojo bien despejado si quieres llegar a ver sus agujas.

A través de él se puede ver el tiempo que pasó y que sigue pasando hoy en el corazón de un país que late entre montañas y de una ciudad que es el espejo de la dignidad de sus gentes.

Por ese pequeño reloj se ven las horas detenidas de esa obstinada alegría de antepasados que no se dejaron vencer. Se ve a lo lejos a una mujer que en una mano tiene una copa de vino que ofrece a sus amigos y en la otra una espada por si llegara algún enemigo. 

Pero se ven también los errores y los abusos. Se ve a los jóvenes saliendo a la calle reclamando poder decidir su futuro. Pidiendo alejarse de vecinos que para ellos poco aportan en sus días y en su forma de vivir.

Hay miradas de georgianos hacia su reloj llenas de nostalgia y tristeza porque sienten que se les escapa de las manos las horas de su mañana.

En Tiflis, a veces parece que todo está un poco roto, aunque nada está aún caído. Hay herida pero queda canto. Hay horas pasadas que recordar y minutos futuros por los que seguir luchando.


Hay lugares donde la vida se teje lejos del ruido. Sitios donde uno nunca pensaba que se pudieran encender las luces al caer la tarde. Lo más probable es que la mitad de las personas del mundo no sepan que existe la otra mitad y eso llega a ser por momentos fascinante.

Entre montañas y valles vive el mundo rural armenio. Con carreteras que se pierden en la niebla y con rostros que sostienen horizontes más allá de la ciudad.

Allí las gentes no buscan brillar, buscan simplemente vivir como lo vieron siempre. Al pasar te miran e imaginan cuál puede ser tu historia. Pero esa mirada vive apenas segundos. Dura lo que tardas en pasar con el coche fugazmente.

Pero en tu mente se quedan esos espacios. Esas casas. Esos gestos de los más sabios a los pequeños inocentes. También todos los objetos a los que no encuentras una explicación verosímil de por qué están ahí.

Es complicado guardar el mundo en una mirada pero esas que pasan por donde sabes que es más que probable que nunca vuelvas a pasar son las más especiales.




Al final de la Avenida del Norte en Ereván se levanta el edificio de la Ópera. Es un lugar especial para los vecinos. Una de las principales atracciones culturales que hay en la ciudad.

La capital de Armenia es un poco como una ópera en pleno estreno. Sus calles principales recuerdan a aquellas centroeuropeas donde las grandes marcas tienen bien puestos sus escaparates. Están preparadas para recibir al público en sus butacas. 

Es una ópera con voces jóvenes que miran a los asistentes con la fuerza de querer prosperar y dejar atrás un pasado de vocalistas noveles de pequeños escenarios. Quieren afrontar su futuro con lo que tienen y nada más. Sin olvidar que esa obra, esa ciudad, es una de las más antiguas del mundo, más incluso que Roma.

Y tiene pausas. Tiene cafés que tomar. Conversaciones entre acto y acto que tratar. Una poderosa vida nocturna donde aquellos jóvenes solistas disfrutan de la vida entre noche y noche en los días de cartel.

Ereván es una ópera que se ve rosa como las piedras de la mayoría de sus edificios históricos donde lo soviético ahora es simplemente un sello. Aunque conserven algún cine como el 'Moscú'.

Y la obra acaba por todo lo alto, con voces agudas y graves que se mezclan en el decorado de un escenario donde hay fuentes de agua y luces de colores que celebran en la noche de un sábado.

Los aplausos los ponen los tantos turistas que alguna vez quisimos ir a conocer aquella ciudad, o aquella ópera.




Armenia es el único país del Cáucaso que no tiene mar. Sus habitantes viven rodeados de trozos de tierra de otros. Aunque si preguntas a más de uno es probable que antes de pedirte tener un trozo de mar, te pedirán poder tener un pedazo de montaña. 

En Armenia se mira y se busca al Ararat. El icono de los apenas tres millones de personas que viven en el país. Aquel monte pertenece hoy a Turquía por el tratado que firmaron con la Unión Soviética en 1921. 

Pero sigue siendo el alma de todos los armenios porque allí dicen que nació su pueblo y allí, según las escrituras, el Arca de Noé descansó tras el diluvio. Por eso Armenia es sumamente cristiana y por eso son el primer pueblo del mundo que adoptó el cristianismo como religión. 

Hoy las miradas hacia el Ararat se regocijan en el pensamiento de los que siguen a la Iglesia Apostólica Armenia y rezan en alguno de sus cientos de templos que hay por el país. Desde Khor Virap a Noravank. Desde Geghard hasta Sevanavank.

Su fe sólo les permite mirar hacia esa montaña. Por eso rechazan las directrices vaticanas y tienen su propio líder conocido como el Catholicós de todos los armenios.

El Ararat es parte de ellos aunque haya una frontera de por medio. Un pedazo de tierra y un pueblo que se miran mutuamente pero solo se queda en eso.




Sicilia nos dejó una caja con pequeños recortes en los que estaba todo aquello que vimos y disfrutamos.

Como las cintas de Alfredo a Totó. Como lo que el cine deja a los mortales. 

Los recuerdos de los días viajando por aquella isla.


Muchos esperan durante años recibir una llamada telefónica que les cambie la vida, que les estofe de trascendencia o que les recompense el trabajo hecho durante toda su carrera.

Estocolmo es ciudad de premios. Alfred Nobel creó los que son, seguramente, los más prestigiosos del planeta y todos los años se entregan en la ciudad. 

En un pequeño museo que hay para turistas, hay una colección con piezas curiosas de antiguos premiados. Gafas, bufandas, guantes e incluso una trompeta. Me llamó especialmente la atención la presencia de un teléfono fijo negro. 

Al parecer era con el que se llamaba a los premiados antes de que la tecnología lo cambiara. Durante años, millones de personas esperaban que fuera su número el que marcaran en esas teclas. A varios españoles les tocó, en pocas ocasiones sí.

Estocolmo es ciudad de premios, también musicales. ABBA tiene cientos de ellos. Una banda que trasciende entre generaciones y que nació allí en los 70. También tienen un museo donde además de conocer su historia, se puede cantar y bailar.

Entre las miles de islas que tiene Suecia, Vaxholm es una de las más queridas. Su castillo representa la fuerza militar que tuvieron en el pasado. A nosotros se nos pasó la parada y nos quedamos sin verlo, pero disfrutamos de la tranquilidad del pueblo y de sus casitas de peli de tarde. 

Premios en Estocolmo, fuerza en Vaxholm y… ciencia en Uppsala. Fue la última ciudad que visitamos. Está a apenas unos kilómetros al norte de la capital y es el icono universitario del país. Al ir a primeros de septiembre, coincidimos con las novatadas de los estudiantes. Muchos de ellos seguro que sueñan con tener algún día un Nobel y con que les llamen desde aquel teléfono negro, o el que usen ahora.

Ahí acabó nuestro viaje. A la mañana siguiente el avión de vuelta a España nos esperaba temprano. Los finales siempre son mejores si hay música, en eso se basa el éxito de muchas películas.

Para la nuestra de los Bálticos pondremos una de ABBA, “The winner takes it all”, El ganador se lo lleva todo. Algo así pasa con los que reciben esa esperada llamada. 


Cogimos un barco en la terminal de Turku. Aquella fue nuestra última parada en Finlandia. Antes de subirnos a aquel ferry, descubrimos que aquella ciudad era la más antigua del país y fue durante años la capital.

Era un claro ejemplo de superar el pasado, pero sin renunciar a él. Su castillo del siglo XIII es uno de los principales testigos de la historia finlandesa y hoy en lo alto de sus torres, no ondea la bandera de Finlandia ni de ninguna dinastía poderosa. Ondea la bandera LGTBIQ+. 

De ciudades modernas llenas de cosas que contar puede presumir sin duda Finlandia, pese a que en muchos aspectos su sociedad siga abriéndose poco a poco.

Sonó la bocina del ferry y aquel enorme barco rojo se desprendió de la tierra finlandesa. Poco a poco comenzamos a surcar el báltico entre pequeñas islas.

Ali y yo fantaseamos con decir: “imagínate vivir en una de esas pequeñas casitas.” Y en verdad sigo pensándolo muy a menudo. La de gente, casas y vidas que hay por ahí. 

Cada vez que dejamos un lugar, nos despedimos sin saber si en algún momento podremos volver a él, pese a que el comentario siempre suele ser el mismo: “igual con algún vuelo barato en temporada baja, volvemos.” Pero el mundo es muy difícil de ver dos veces.

Puede parecer insignificante y hasta exagerado, pero para mí supuso más que un mero movimiento el descolgarnos de aquel muelle en Turku. La próxima vez que nos engancháramos a la tierra firme sería ya en otro país, con otras gentes, con otras casitas, con otras vidas.

A la mañana siguiente, muy temprano, desde una de las ventanas del barco se veían más islas. Navegar por el Báltico es sortear peñones de tierra constantemente. Ya era de día y cuando salimos a la cubierta, hasta la textura de nuestra vista era diferente a la de la tarde anterior.

Habíamos llegado a Suecia.


Saber jugar tus fichas en el ajedrez, controlar los tiempos y retroceder, hace que ganes o pierdas la partida. Finlandia ha sido siempre un buen jugador de ajedrez, entendiéndolo como país, claro.

Sus peones han tratado siempre de ser correctos, educados, y viviendo de una forma sencilla, sin hacer demasiado ruido, pero creciendo poco a poco. Es lo que se conoce como ‘sisu’, una forma de ver la vida en base a la determinación, al carácter, al coraje y a la resistencia.
 
Igual por esa razón, Finlandia es por séptimo año consecutivo el país más feliz del mundo. A esa forma de vivir se le une la posibilidad de que en sus bosques se pierda el estrés y sus saunas puedan ahuyentar a las enfermedades.

Los caballos en su tablero se convierten en renos que pueden llevarte hasta la casa de Papá Noel, en Rovaniemi, sobrevolando auroras boreales. Además, la nieve hace vivir a sus vecinos en un paisaje de película durante el largo invierno. 

Las torres de su ajedrez representan su pasado defensivo con fortalezas como la de Soumenlinna, a unos kilómetros de Helsinki. Finlandia, como la mayoría de los países que hemos visitado en el viaje, también estuvo amenazada por el Imperio Ruso y acabó sucumbiendo hasta 1917.

Los alfiles, pueden representar su neutralidad histórica con los conflictos mundiales. Aunque con estas fichas han cambiado de estrategia hace poco, desde que se vieron amenazados por la invasión rusa en Ucrania. Desde el año pasado forman parte de la OTAN.

El rey y la reina, los que más hay que salvaguardar, los podemos encontrar en su capital, Helsinki. Allí, con sencillez y eficiencia han creado un diseño sin adornos lleno de practicidad para los ciudadanos. Un lugar donde las grandes obras se hacen en verano, sin molestar mucho, y en el invierno a las estatuas se le hielan los mocos.

Frente al Parlamento, levantaron Oodi, la biblioteca más completa que he visto en mi vida. Allí probamos a ser finlandeses y jugamos una partida de ajedrez. Yo perdí y Alicia me ganó sobradamente. Como decía, saber jugar tus fichas hace que ganes o pierdas. Tendré que practicar más el ‘sisu’ e intentar ganar la próxima vez.

El puente del río Narva comienza en un lugar del mundo y acaba en otro muy distinto, se mire por donde se mire. 

Iván cada día lleva sus obsequios recopilados durante toda su vida y los vende a los pocos turistas que suelen ir hasta el borde de Estonia con Rusia. Tiene de todo: pines, recortes de periódico, monedas… En un banco pone a relucir su historia marcada por los cambios y las guerras.

“Yo siempre viví en Narva.” Nos dijo cuándo le preguntamos. Pero vivir en Narva no quiere decir que seas estonio. La ciudad, que hoy está reconstruida casi en su totalidad, perteneció mucho tiempo a la URSS y hoy en día sigue habiendo mucha población rusa viviendo allí, aunque ahora es una ciudad de Estonia.

El río es la frontera física entre este país y Rusia, entre la UE y Rusia, entre Occidente y Rusia. Dos formas de entender el mundo, la sociedad, la vida... separadas por la fría agua de un río en calma.

Iván miraba muchas veces hacia el horizonte de la otra orilla, hacia Ivángorod. Es la población rusa que hay nada más cruzar el puente. Nos costaba saber que decía, pero hay idiomas que no hace falta saber de su gramática ni de su fonética. 

Un amigo de Iván, Serguéi, estaba con su bicicleta allí y cuando nos despedimos, vino detrás nuestro a preguntarnos qué hacíamos allí. Le dijimos que turismo. “¿Turismo en Narva? Podéis preguntarme lo que queráis…” dijo.

Nos contó que también había vivido siempre allí y que antes la ciudad era todo, Ivángorod incluido. Se podía pasar libremente por el puente y la vida era distinta. Nos contó además que tenía familia en España y que se alegraba de hablar con españoles en su tierra.

Intentamos entenderle, pero sólo hablaba ruso. El traductor nos ayudó a descifrar qué decía y nos estaba dejando entrever que no podía hablar de todo. “Allá en Ivangorod podríamos hablar de lo que quieras, pero yo también estoy de visita como tú.” Cada uno vemos la libertad de una forma y en un lugar.

En Narva, la vida para muchos es cruzar aquel puente. Esperar horas para que un policía dé su visto bueno. "Cruzaré el puente y terminará todo" dijo Serguéi antes de irse. Lástima no saber a qué se refería exactamente.

Seguimos el olorcillo que nos llevó hasta nuestro pequeño hotel que regalaba gofres a los madrugadores. Comimos uno y salimos a conocer la capital de Estonia, Tallin.

Es una ciudad medieval muy bien conservada que mantiene en pie gran parte de sus murallas. Las torres de sus templos, si las observas desde alguno de los miradores, dejan a la vista el duelo cuerpo a cuerpo que hay entre sus dos catedrales, la luterana y la ortodoxa.

El pueblo estonio tiene mucho más que ver con los finlandeses o suecos que con los otros países bálticos de Letonia y Lituania. Estonia formó parte de Dinamarca, Alemania y también de Suecia. Su acceso al mar Báltico hacía que muchos países quisieran ese territorio. 

Rusia apareció en su camino dos veces, con los zares y después con los soviéticos. Entre medias también llegaron los alemanes, esta vez con las ideas del Tercer Reich. 

El sentimiento de independencia definitivo surgió de un festival de canciones donde podían decir lo que quisieran en las letras. Los soviéticos prohibían las reuniones de más de cinco personas, pero no cuando se juntaban para cantar.

Todo eso es parte de un pasado que a los estonios no les importa contar, pero prefieren hablar del presente y del futuro. Su economía es una de las más efectivas de la UE. Con un euro puedes montar una empresa y sin hacer papeles. Punteros en el informe PISA con la educación gratuita incluida la universidad.

Pero estos datos contrastan con cuestiones sociales como el acceso al voto. Cerca del 25% de su población, la mayoría rusa a la que la URSS obligó a trasladarse allí, no pueden votar. O el matrimonio homosexual, que hasta el año pasado era ilegal.

En invierno el frío es complicado de aguantar, hay nieve durante meses y meses. Aunque con un gofre mañanero… igual todo es posible.


Café y una conversación. Estábamos en aquella plaza rodeados de iglesias y en cada silla de aquel bar había una manta marrón. En Letonia los inviernos son complicados y aunque aún fuera agosto, algo de fresco se levantaba a primera hora.

Riga es la capital de un país que consiguió tener una identidad propia tras años de ocupaciones. Rusos y alemanes hicieron lo que quisieron con esta nación y su cultura. Siempre bajo el argumento del: “venimos a salvaros.” Pero la realidad fue distinta.

Letonia y especialmente Riga, sufrieron muchísimo en la IIGM y hoy sus edificios más emblemáticos están todos prácticamente reconstruidos. Un buen ejemplo es La Casa de las Cabezas Negras. Fue destrozada por un bombardeo alemán en el 41 y lo que quedó fue demolido por los soviéticos en el 48. Recordemos que ambos venían a sal...

A apenas unos metros de allí, se levantó el Museo de la Ocupación, un imprescindible. Allí, objetos, piezas, documentos y, sobre todo, testimonios, explican lo que supuso ser un país con la identidad tachada desde el oeste y el este. Aquellos años marcaron de lleno a los letones: miles de asesinados, represaliados y otros tantos con algo más de suerte, desterrados a Siberia.

Este capítulo oscuro contrasta con la claridad, el color y el modernismo del Art Nouveau. Salir a los barrios burgueses del siglo XX es abrirse a una expansión de creatividad arquitectónica brutal. Edificios inconexos y singulares donde casi es mejor vivir fuera que dentro.

Jūrmala es el paraíso vacacional de los letones. Está muy cerca de la capital. Allí el Báltico luce en calma sin levantar olas, tranquilo y frío, lleno de medusas pequeñas que te invitan simplemente a caminar por la orilla.

Café y una conversación, en una plaza de Riga. De las tantas que hoy tienen y que como nos dijo uno de sus vecinos: “fue un gran regalo de los alemanes y soviéticos, ahora tenemos muchos espacios abiertos dentro de la ciudad para tomar cerveza.” 

Café o cerveza, lo que cada uno quiera.

 

“…el bosque a los lituanos de siempre amparaba,
brindándole sosiego, tanto los amaba:
nutría y abrigaba con frutos y fieras,
hasta cayendo un tronco les daba defensa;
en los días aciagos prestaba cobijo;
en los días más tristes, remedio y alivio…”

En Lituania el bosque es un poema. Así lo reflejan muchos literatos como Antanas Baranauskas. Una eminencia en el país que legitimó y promulgó, después de mucho tiempo, el lituano y la cultura del país.

Lituania es verde por su bosque, amarilla por sus campos de trigo y roja por la sangre de los que lucharon por su patria. Así lo refleja su bandera.

El país más al sur de toda la zona báltica fue nuestra primera parada. En Kaunas descubrimos su historia medieval y las uniones con el pueblo y la cultura polaca. Ambas naciones tuvieron una mancomunidad donde miraron hacia el sur teniendo territorios en la actual Ucrania y Bielorrusia.

Vilna, la capital, fue la segunda parada. Allí es inherente como el cristianismo católico fue y es el protagonista los domingos. Es complicado elegir iglesia donde entrar a misa. 

También sus vecinos nos contaron que en los botiquines de casa tienen a mano pastillas de yodo, por lo que pueda pasar con la única central nuclear que tiene Bielorrusia. Está a apenas 50 kilómetros de Vilna y no se fían demasiado de ellos.

Después de un par de días un tren madrugador nos esperaba dirección a Letonia. Comenzábamos el camino hacia el norte sin dejar en ningún instante de ver árboles y más árboles. 


Caos en la tierra, tranquilidad en el mar. 

Campania es muy presente, y su presente ruinoso, muy pasado.

Creo que al final cogería aquel tren a Roma.




Entradas más antiguas
Con la tecnología de Blogger.
Copyright © 2024 por Raúl Portero Lozano | Creado por SoraTemplates | Distribuido por GooyaabiTemplates