Despedir un invierno desde lo alto de una roca. Donde la ingeniería fue capaz de mantener una inmensa Abadía, visitada a diario por gaviotas y pájaros que siguen sorprendidos por aquella estructura.
Un castillo en mitad del mar que se cubre de agua cuando sube la marea, y se seca, dejando ver las huellas de quienes pasaron, muchas otras veces al año.
Un adiós al invierno también desde Honfleur. Desde su puerto de casas de madera, y desde una brisa helada con la que da los buenos días el brazo del Atlántico que presta al Canal de la Mancha.
Adiós al invierno desde el Bayeux de De Gaulle. Desde sus calles donde paseó hace unos cuantos años entre vítores de los franceses. Desde las agujas de su increíble catedral, y desde el sonido de los canales de agua que atraviesan el centro.
Y adiós al invierno desde Nantes. Con galletas y trozos de Julio Verne. Última parada de un viaje precioso que no estaba pensado para un mes de enero pero que alumbró gran parte del invierno.
"Si es que... seguro que ahora estará todo mucho más bonito." O no, quien sabe. Normandía siempre será parte de un trozo de invierno.























