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Raúl Portero Lozano | Web personal


Algunos momentos detenidos de todo lo vivido hace unos días cubriendo los incendios que afectaron a Castilla y León. Con perspectiva cobra algo más de sentido el trabajo que hicimos y la magnitud de lo que estaba pasando.

Me acuerdo de aquellos vecinos voluntarios de Castromil, en Zamora. De Álvaro y sus abejas. De Javier y sus vacas. De Sergio y de aquel árbol donde su abuelo dejaba siempre un cuchillo para almorzar. De tantos lugares que hacían felices y hacían vivir a muchas personas. De kilómetros y kilómetros de tierra quemada envuelta en una escala de grises aún humeante.

Ninguno de los afectados querían oír hablar de lo que la mayoría ya hablaba: de esas ayudas económicas directas a su cuenta bancaria. Para la mayoría carecían de sentido. Recuerdo también a José Manuel, vecino de Cional afectado por los incendios de la Sierra de la Culebra. De aquella mirada observando el monte resurgiendo algunos centímetros dos años después del fuego. "Que el dinero lo destinen a que esto no vuelva a ocurrir."

Seguro que estos incendios pasarán. Y en muchos lugares pensarán en el: "hasta el año que viene." Porque el fuego volverá y la amenaza de que volvamos a perder lugares de felicidad y de sustento para tantos, regresará. Y con ello volverán los limosneros visitantes que dejan la americana en el coche en verano.

Porque como dice la canción que se convierte en himno cada temporada estival en nuestras tierras: "los campos castellanos, (por desgracia) arden fácil en verano."





Al salir de casa, al entrar, cuando paseas entre escaparates, cuando vas en metro... cuando te ves frente a algún espejo, siempre observas como tu contorno se muestra a los demás. Está al alcance de muy pocos traspasar las capas de la carne y ver lo que hay por dentro.

Los que lo hacen es probable que te hablen desde el corazón, como alguien de tu familia. O desde la admiración como un buen amigo. Muy pocos lo harán desde la pura verdad, desde lo que hay, sin poesía ni respeto. 

Una persona un día me miró por dentro y observó mi voz, incluso también mi corazón (que muchas veces lo primero depende de lo segundo), y lo hizo poniéndome frente a su espejo. Mostrándome mis debilidades, mis polos hacia donde no debería pisar, mis inseguridades.

La mujer del espejo, como alguno la conocía, dijo una vez que ella estaba sentada donde quería estar. En su despacho en el centro de Madrid por donde tantos profesionales desfilaban a diario. A todos los ponía frente a su espejo para que se vieran cómo son y como suenan. "Si este espejo hablara..."

Igual parte de esa escenografía tenía que ver con su pasado soñado como directora de fotografía. El cine fue su primera llamada pero, como también se la escuchó en alguna ocasión: "cambié las luces por las voces". Pese a ello, aquella forma de mirar la vida y a las personas siempre quedó en su mirada de cine. 

Aquella mujer, nos dio a muchos de nosotros el primer papel de aquel texto que cambió gran parte de nuestra vida. "Vosotros no estáis aquí por lo buenos que sois o por lo que sabéis, estáis aquí por vuestra sensibilidad.", dijo un día ya en una de sus primeras clases. Allí comenzamos a entender qué era lo de mirar nuestra voz.

Siempre tuvo unos recuerdos especiales hacia Salvador Arias, actor que destacó en el doblaje, a quien recordaba como aquel que le enseñó a confiar en su voz. Un ejemplo que trató de trasladar a quienes pasaban por sus manos. Al principio, muchas voces llegaban justas de confianza y de empeño, pero el efecto de ella y su espejo cambiaba las autoestimas en cuestión de semanas.

"La voz para mi es el mayor tesoro que hay. Es milagroso como algo tan pequeño y tan delicado puede, en algún momento, hacer algo tan bonito como es que se le salte la lágrima de emoción a alguien escuchándote." Solo sintiendo pasión por lo que haces a diario, se puede llegar a la plenitud de soportar el paso del tiempo y las circunstancias. Esa mujer lo hacía.  

Después de miradas al espejo, después de que las voces de tantos se graduaran, todo lo aprendido lo escuchamos a diario. Aquella mujer y su espejo sigue reflejando la forma de decir aquello que pensamos en nuestra profesión. 

"Hay que ser tu coach personal porque no todos los días son perfectos.", comentó ella en una entrevista hace unas semanas. Lo raro de hoy es que haya algún día perfecto. 

Gracias por tu tiempo, tus ganas y tu mirada que siempre iba más allá. 

Para aquella mujer del espejo.

Assiah, un fotógrafo malagueño con raíces en La Palma, lleva meses fotografiando habitaciones ajenas. Muestra en una sola foto el alma de quien en ella vive y sueña. El otro día vino a la de Alicia y a la mía.

Assiah colocó su trípode y con un gran angular procuró sacar lo máximo posible de nuestros espacios más personales. El mío en el barrio de Embajadores, y el de Alicia, en Chamartín.


Tanto ella como yo llevábamos semanas pensando en esa cita. No hacía demasiado que habíamos encontrado un piso en una zona buena para ambos, en el que el precio dentro de la estafa tremebunda que hay montada en la capital, pues no estaba mal, y donde creíamos que era un buen lugar para dar el salto. Pasaban los días y Assiah ya por fin nos dio una cita. El jueves vino a nuestra casa a hacernos una foto para su colección.

En un visto y no visto punzó con su dedo índice sobre el botón de su cámara, desgastado de capturar instantes.

    — Mira al centro... Ya está Raúl, sales genial. —

Y con Alicia tres cuartos de lo mismo.

Le llevamos a su casa y en la mochila que guardaba su cámara de fotos iba la última fotografía de nuestra vida de solteros, de nuestra vida madrileña que con los años aborreces, de los sueños periodísticos individuales.

Desde entonces sabíamos que las fotos en nuestra casa serían siempre juntos porque la vida ya ha pedido paso entre el tiempo que huye a la carrera como si tuviera prisa por irse de nuestro lado.

La importancia de los espacios en los que vivimos es total en nosotros. Donde nacimos, donde nos criamos, donde disfrutamos, donde nos perdimos, a donde volvimos... y aquellos espacios donde has vivido parte fundamental de tu vida son difíciles de dejar.

Ahora entre cajas uno no deja de pensar en el futuro claroscuro que se divisa más allá de los rascacielos que nos dan cobijo en nuestra nueva casa. Hay cosas de Alicia... hay cosas mías... Ahora el espacio es común. La infancia, la adolescencia, la primera juventud gloriosa se pierden en el trastero de nuestra memoria. 

Lloramos mucho cuando vimos poco después de aquel día de las fotos, nuestras habitaciones desangeladas sin ningún tipo de emblema de personalidad a la vista. Estaban desnutridas de vida, a pelo, nos habíamos ido ya. Una imagen diferente a la de una nueva casa que día tras día va cogiendo el aroma de los dos.

Qué bonito es pensar en lo que vendrá. Nunca jamás inicié una etapa con más ganas que esta. Porque los jóvenes de hoy en día, esos maltratados con crisis dolientes, paros, precios inflados y un futuro que no dejan de hipotecarnos, también podemos crecer y progresar sin renunciar a los sueños.

Nuestras cosas se van ordenando poco a poco y cada día hay menos cajas en el salón. No entiendo cómo podían entrar tantas cosas en dos habitaciones. Si muchos de estos trastos los pillaran nuestras madres... seguramente llevarían tiempo en la basura. Pero ni del billete de tren que cogí hace años para volver a casa me quiero separar. Todo se viene conmigo, hasta el estuche deshilado que usaba en la ESO.

No sé si un día creí que este día llegaría, pero ha llegado y es de los mejores días de mi vida. Pese a que se sabe que varias de mis mejores etapas están a punto de secarse, hay otras con el tintero lleno que están a punto de escribirse.

    — Assiah: una foto solo, ¿verdad? —

    — Sí, Raúl. Ponte en el centro y te la tiro. —

    — Sácalo todo por favor, aquí luce el boceto de mi vida. —

    — Podemos repetir las veces que quieras. —

    — No, mejor sin trampas, no quiero volver a llorar. —

Uno de los sueños que le contaba a mi psicoanalista, era uno bastante común que ocurría en la misma casa siempre, con los mismos personajes y que siempre acababa igual. Me preguntaba por qué siempre el mismo sueño, y por qué de la misma manera.

El sol entraba por las rendijas de las ventanas de una casa llena de cristales por todas partes. Por un lado, venía una señora mayor y gritaba si estaba todo listo para cenar. Una mujer más joven decía que estaba todo listo, que sólo faltaba poner la mesa para trece personas. Entonces giraba la cabeza y había un hombre colocando varias mesas seguidas, porque de tantos como esperaban a cenar, no se entraba en una sola mesa.

Después iban llegando los invitados a esa cena, venían de cuatro en cuatro. Pero siempre faltaba uno. Había una persona que nunca cruzaba por esa puerta de madera barnizada. Llamaba al timbre y cuando yo iba a abrir no había nadie. El sol entonces me cegaba y perdía por completo la visión. Me daba la vuelta y en aquella casa ya no quedaba ningún cristal en las ventanas. Corría mucho aire. Ya no había ninguna de las personas que habían ido entrando. Pero seguían las mesas. Y encima de ellas, había una tarta con dos velas encendidas. 

En este momento, mi cuerpo, todas las veces que soñaba aquello, decidía despertarse en lugar de investigar que pasaba ahí dentro. Siempre me pregunté qué quería decir aquello. Se trataba de una celebración familiar seguro. Posiblemente de un cumpleaños. Pero aquella tarta, sueño tras sueño, no se derretía. Siempre estaba ahí. Y las velas nunca se apagaban.

¿Quién sería aquella persona que llamaba al timbre y se iba? ¿Sería para ella la tarta de la mesa? ¿Por qué parecía tenerlo todo y en cuestión de segundos, ya no había nada? 

Siempre me pareció muy interesante encontrar significado a los sueños, porque son muy reveladores de todo aquello que creemos que no nos afecta y en el fondo si lo ha hecho. Son el test perfecto contra valientes.

Hace ya mucho tiempo que el sueño no ha vuelto a reproducirse mientras dormía. Me da mucha angustia pensar ahora que no quede ni siquiera esa tarta con dos velas. Me gustaría pensar que ha habido alguien que no se quedó sin esa fiesta de cumpleaños, sin soplar esas velas. 

Desde hace un tiempo, gracias a mi compañera de vida, vivo los cumpleaños de otra manera. Nunca celebraba el sumar 365 días más de experiencia, como ahora. Entiendo la importancia de soplar las velas, en una tarta o donde sea, pero de soplarlas, al fin y al cabo. 

Dura apenas segundos, un instante. El fuego lo abrasa todo, incluso el sueño que entra gratis en el pack básico de cumpleaños. No tarda nada en apagarse. Los hay muy hábiles que dicen: "venga otra vez, pero ahora cantamos en inglés." Pero el fuego, ya no es el mismo de antes y también volverá a apagarse. 

No sé por qué, en aquel sueño las velas nunca se apagaban. Siempre alguien llamaba a la puerta y se iba. Siempre sonaba ese timbre, pero por algo que se me escapa, nunca alcanzaba a saber quién era y nunca, nunca entraba. 

¿Sería esa persona quien tenía que soplar aquellas velas? Eso explicaría por qué siempre estaban encendidas. Si fuera así, entonces tendría sentido que su tarta siempre esperara, sueño tras sueño y la mecha de las velas no se gastara. Igual, aquella persona no podría entrar, sólo podía llamar. Igual las velas, sólo eran el ejemplo de que siempre queda algo por celebrar. Siempre queda una última vez. Pero en ese sueño, ya no se podía pedir aquel deseo y que el fuego lo fundiera con su indiferencia. Ya no.

¿A dónde vuelven los apátridas? Me refiero a apátridas de todo, no sólo de país o tierra. ¿A dónde va la gente que nunca tiene una referencia pasada clara? ¿A dónde vuelven los que no han tenido un primer amor o los que no han tenido una familia? ¿Qué recuerdos hay donde no hay recuerdos?

Siempre que la tormenta viene cargada y truena fuerte, solemos volver a algo, pero esa gente, la apátrida de sentimientos, ¿a dónde vuelven exactamente?

Igual no es del todo malo no tener a donde regresar. Hay veces que volver es peligroso.

El maestro Borges dijo una vez, que cuando uno extrañaba un lugar, lo que realmente extrañaba era la época que correspondía a ese lugar; que no se extrañaban lo sitios, sino los tiempos. Y es que no se puede definir tan perfectamente lo que es el canto rodado de la vida. Lleno de picos, de imperfecciones al principio y poco a poco, por la fuerza de la naturaleza, se queda suave, limpio y bonito. 

Es complicado, por no decir imposible, que un canto rodado vuelva al principio del río o vuelva a donde estuvo unos años antes. Nosotros, que tenemos conciencia y podemos elegir donde ir, de donde marcharse y a donde volver, cometemos el error, siempre, de regresar al principio del río.

A mí me ha pasado hace poco. El otro día regresé a una ciudad en la que estuve varios años de mi vida viviendo y aprendiendo. Fui a ver a un amigo que por casualidad o porque así tenía que ser, comenzaba a trabajar allí después de varios años de exilio en casa de sus padres.

Cuando bajé del autobús, di los primeros pasos, crucé las primeras calles y no se había movido nada desde la última vez que por allí había pasado. Es como si regresara al decorado de una película cuyos escenarios yacen en una nave industrial, con cierto olor a suciedad y síntomas de dejadez, y que sólo los habían guardado porque al productor ejecutivo le hacía ilusión tenerlo allí.

Estaba todo. El sitio donde grabamos aquel corto. Los lugares donde, entre buenos amigos, de alguno hace mucho que no sé nada de él, jugábamos a ser directores de cine y a creernos aquello de que, en la pantalla blanca, todo funcionaba y todo era realidad.

Estaba también el lugar donde la conocí a ella y muy cerca de él, el lugar donde la vi por última vez. También aquel parque lleno de paz por el que discurrían las voces de las decisiones, a veces de las buenas, y otras muchas de las malas. Estaba aquel edificio modernista, inmenso, vanguardista, frío y un tanto oscuro. 

Entré y la puerta sonaba como la última vez que la crucé de salida. De ese decorado sí que no habían tocado prácticamente nada. Estaban todas las habitaciones. Estaban los bancos donde anidan las promesas de los chavales. Aún quedaban las miradas, los abrazos por buenas noticias y los besos por despedidas de fin de semana. 

Estaba la habitación verde, donde se soñaba en grande a pesar de que no entraban ni tres personas. Estaba llena, con todo el material que dejamos dentro. Quedaba también alguna gente. Algún paisano y paisana. Personas de confianza por las que parece que no pasan los años, volviendo a lo de antes, parece que son algo más del decorado.

Estaban aquellas escaleras donde nos poníamos a ver pasar la vida frente a un reloj digital rojo que marcaba las horas. En ese momento, no pasaba el tiempo.

Estaba todo, pero faltaban los actores de la película. Cada uno había emprendido ya su particular camino, buscando otras opciones con nuevos directores, culebrones de tarde o películas infumables que les daban de comer.

Ahí pensé en por qué no ser apátrida de momentos. En no tener donde volver, para no tener que recordar demasiado. 

La gente vive muy obsesionada con todo. Es excesivamente obsesa. Todo siempre tiene que pasar por algo y todo tiene que tener un significado, un estímulo, una razón, una tesis doctoral con su presentación ante un tribunal, para explicarse que lo que le pasa, tiene una explicación.

Pero hay cosas que no la tienen. No hay lógica, no hay tesis. Solo incertidumbre y duda. Hay gente que sólo es duda, haga lo que haga, y lo haga como lo haga. Hay otra, sin embargo, que con poner un pie en la calle es certeza y un ente fidedigno.

En una entrevista a un cantante hace un par de años le pregunté sobre si sus canciones tenían más de duda que de certeza y no supo responder. Ni él mismo sabía que había en sus letras, pero, sin embargo, funcionaban con el público y vendía miles de discos. 

Hoy, escribo esto porque me siento un poco apátrida. La mayoría tiene una explicación para todo y yo para muchas cosas no la tengo. La mayoría tiene donde volver y donde regresar a pesar de los tiempos, y yo, en muchos casos no. 

Vivan, entonces y como consuelo, los apátridas. Los que sólo tienen a donde llegar.


No he sido nunca de mucha lectura. Igual por eso continúo cometiendo faltas de ortografía. He ido mejorando, antes era mucho peor. Anda que no me quitaron puntos por escribir b cuando era v, por poner h cuando no había que hacerlo. Ahora está mucho mejor. Lo prometo. 

Ahora tengo tratamiento a base de lectura diaria, autores de mucha prosa y hasta en ocasiones cansinos, pero de los que se aprende bastante. Hasta a eso, a escribir.

Desde la terraza de la casa de mis tíos en Madrid se veía perfectamente las torres de la ciudad. Todos aquellos edificios que según viajas por la carretera te sitúan en el mapa. Las cuatro torres que están ahora en la antigua ciudad deportiva del Madrid, las Kio, la torre Europa, la Picasso... hasta una de colorines que con el tiempo he podido ver que está por la zona de Avenida de América. 

De esas torres hasta la terraza de aquel piso de Moratalaz había unos cuantos kilómetros, pero en la cabeza de un chiquillo no era tanto. Recuerdo dibujar en papel esos edificios e imaginarme como eran por dentro. Mis tíos en alguna ocasión comentaron que de mayor sería arquitecto o delineante. Casi aciertan.

Entre todas esas torres había una que era la más delgada de todas y casi la más alta. El Pirulí. La primera vez que escuché su nombre, rápidamente lo asocié con esos Chupa Chups de caramelo que parecían paraguas cerrados recubiertos de galleta. Desde entonces siempre que miro a lo alto de ese edificio me entran ganas de comerme uno. 

También pintaba El Pirulí. Mis tíos me explicaron que allí estaba la televisión y que esa construcción servía para que la señal llegara a toda España. Igual desde que comencé a pintar con algo más de seis años aquel edificio, quise llegar a tocarlo de cerca.

El tiempo me permitió entrar en ese lugar con los años. La primera vez que lo hice tenía la misma ilusión que de niño. Anda que no habían pasado cosas hasta entonces. Había llovido de narices... pero el entusiasmo ahí seguía.

Hace unos días fui a recoger un paquete a Leganés y paré a comer en un bar porque se me hizo un poco tarde. Vi un par de veces el cartel del menú y la verdad que me atrajo bastante. Decidí entrar y sentarme en una de sus mesas. Eran como las dos de la tarde y para comer había cuatro o cinco comensales.

Giré un poco la cabeza y vi a dos niños que parecían hermanos comiendo albóndigas junto a un señor que vestía de oscuro. Ese mismo señor me dijo que qué iba a tomar y le dije lo que quería comer. Era el dueño del local.

El caballero dejó a uno de los niños que tenía cogido porque no se quería acabar lo que quedaba en el plato y me dijo el menú. Acto seguido este hombre gritó en voz alta: "Vasili, atiende a este caballero que tengo que acabar de dar la comida a Daniel."

Vasili era otro camarero y llevaba poco tiempo trabajando allí. No controlaba demasiado de español y me lo dejó claro desde el principio. Logramos entendernos bien y puso sobre la mesa justo lo que habíamos acordado.

En el postre le pregunté sobre su vida y me dijo que era ucraniano y que no llevaba demasiado tiempo en Madrid. Le dije que la comida estaba muy rica y él me lo agradeció. En su sonrisa se podía ver la satisfacción de haber cumplido con su trabajo. 

Me preguntó que si quería algo de postre y le dije que si tenía algo de fruta. En ese momento, por la televisión estaban emitiendo un reportaje sobre los diez meses de guerra en Ucrania. Vasili, con el sonido de la cafetera de fondo, echó un par de miradas al televisor y después preguntó en la cocina qué había de fruta.

Al día siguiente, me esperaba un concierto de un grupo de música del que había escuchado alguna canción. Durante la última semana bastantes, aunque no pude memorizar todas las letras. Estaba nervioso antes de entrar, un poco más que cuando vi de cerca El Pirulí por primera vez. Al final todo fue muy bien.

Delito tiene, porque no se puede decir de otra manera, que el mejor momento del concierto para mí, fueran algo más de 48 segundos en los que el cantante del grupo se puso a cantar un tema de otra banda que había anunciado su retirada unas semanas antes. Vaya segundos... eso sí, me sabía toda la canción.

No era aquel tema, ni los acordes al piano, ni tener la letra trillada... era otra cosa que con los tiempos que corren no se puede decir muy alto. Como en todos mis textos no diré de qué estoy hablando. Casi tres horas de concierto y me quedo con aquellos poco más de cuarenta segundos.

El resumen de mi año se puede explicar en esos dos últimos días del año. Por haber entrado en aquel edificio, por haber visto tantas historias de cerca que antes veía de perfil y por haber confiado una vez más en la música. También por haber sido el año en el que menos faltas de ortografía he cometido nunca. Desde que estoy vivo quiero decir. 

El último atraco del año sucedió saliendo al recoger el coche del parking del Pirulí. Hice una última visita en la planta seis y girando la cabeza, haciendo un poco de esfuerzo, llegué a ver la terraza del 155 de la Avenida de Moratalaz. Allí, desde donde con la mirada de niño veía de lejos aquella torre alta y delgada.

Sobre trenes, andenes, estaciones y ferrocarriles, de vapor y eléctricos, se han escrito millones de cosas. Es un recurso muy usado sobre todo para las despedidas en el cine y para esas escenas que dan fuerza al clímax de una película. Yo también lo voy a usar.

Un buen relato de un principio puede empezar esperando a un tren en un andén. Levantas la mirada y ante ti tienes toda una enciclopedia viviente de formas de actuar. Hay gente que espera sentada, otra de pie muy cerca de la vía. Hay quien escucha música y quien mira hacia el suelo.

Puedes escuchar a alguien dando los buenos días por teléfono. A dos personas de la mano, a desconocidos mirándose fijamente como si se conocieran de algo. También a alguien con mala cara por una mala noche o simplemente por un mal despertar. 

Llega el tren y cada uno con su forma espera que se abra una puerta. Hay quien siempre tiene pensado por donde entrar, más adelante, más en la zona trasera... o igual por la mitad que me va bien para luego hacer un trasbordo. 

Todas esas historias entran antes de que suene un pitido y comienza el día a cocinarse a fuego lento, o bueno, en una ciudad más bien a golpe de unos minutos en un microondas, que, si no, no llegamos.

Me toca el vagón cuatro. Hay un chico con un perro pequeño que no se mueve, sólo mira. Justo a su lado otro chico observa unos papeles con letra Times New Roman y con un tamaño muy pequeño. Era un poco agobiante. 

A mi derecha en otros papeles se aprecia la foto de una joven y parte de su experiencia profesional. Lleva unas diez copias, estará buscando trabajo y puede que use ese tren varias veces en el día.

En la siguiente parada un hombre mayor con síntomas de enfado no espera a que se le abra la puerta y se cabrea. ¿Habrá hecho siempre lo mismo o es que ya sabe cómo va el tema de las puertas? Termina entrando y le dejan un sitio entre dos hombres de pantalón gris y botas negras de seguridad.

Hay muchos clásicos por supuesto. Hay gente leyendo el periódico en papel, otros en el teléfono. Y por supuesto hay gente jugando a juegos. Una buena forma de empezar el día, probando suerte en una aplicación de algo más de 12 megas de memoria.

Auriculares, cascos... veo por todas partes cascos. Negros, blancos, azules, con cable, sin cable. Gordos como donuts y más pequeños que una alubia. Me imagino que dentro habrá de todo: rock, pop, si te descuidas alguien empezará el día con un poco de heavy y habrá quien lo haga con una balada. Igual hasta alguien está escuchando la radio en directo.

A los míos los queda un 20 por ciento de batería y aún faltan cinco paradas para bajarme. No tengo ninguna licencia de plataformas y YouTube me parte mi canción del día con un anuncio de comida a domicilio. La música incidental que eligió el publicitario es buena, no lo discuto, pero me gustaba más el arreglo de vientos de la canción que estaba escuchando.

Una parada más y entra una pareja haciendo bromas sobre lo mierda que es su trabajo. Otro hombre que vestía con un polo en el que se podía leer 'Arzam Desatascos' les mira desde el asiento con cara de: "si yo te contara..." 

Se me apagaron los cascos. Tengo que aguantar dos paradas más con la playlist de traqueteo de vía, voz en off adelantando próximas estaciones y conversaciones cruzadas que van de principio al final del vagón.

A unos metros de mí hay una pareja de dos jóvenes abrazados. Se miran y sin hablar se despiden. Quizás lo hagan muy a menudo o quizás no necesiten muchas palabras para decirse las cosas. En ese lugar un tanto inseguro que es la unión de los vagones hay otra pareja. Intuyo que de una media de edad de unos 73 años. Uno sujeta al otro de los continuos golpes y del vaivén del viaje en metro.

Queda una parada y escucho pasos a mucha velocidad en el andén que aún tiene marcas rojas para distanciarnos por seguridad. Intenta entrar al tren antes de que la mecánica del día le cierre las puertas. No llega. Vaya... eso si que es empezar mal el día. O bien. Quien sabe que puede haber en el tren que venga cinco minutos más tarde.

Última parada. Reviso mis bolsillos, y está todo en orden. Levanto la mirada y veo que no quedan muchas de las personas que he descrito antes. Después de un par de empujones logro salir al andén y me paro a mirar enfrente. Me vuelvo a ver a mi mismo diez horas después pegado a un ordenador, escribiendo esto y claro... sin batería en los cascos. Un viernes escribiendo allí, donde me suelo sentar yo.

Nunca me interesó el mar. Ni la costa. Ni pasear por una playa. Ni escuchar el agua golpeando las rocas. Tampoco ver como el sol se pierde en el fondo recordando que otro día más se ha ido o mirar el color de la tierra cuando apenas queda luz. El mar siempre suena bien, pero la verdad es que nunca me importó demasiado.

Recuerdo aquellos veranos en los que veía como muchos querían que llegaran las vacaciones para irse a la costa. Estaban deseando de cambiar de paisaje. Cambiar el aire. Desconectarse de la vida unos días con la mirada atenta del agua. 

Era algo a lo que no daba demasiada importancia y que como diría un buen amigo "me traía un poco sin cuidao." 

Tardé en ver por primera vez el mar y cuando lo hice me llevé una desilusión importante. Alomejor por eso ahora me da miedo meterme demasiado al agua porque nunca comprendí que es verdaderamente el mar.

En el mar no hay muchas cosas que hacer ni mucha gente a la que ver. Por eso tampoco tuve demasiada prisa en conocer que había después de que la tierra se acabara. Allí donde se funde todo lo que pisas y lo que conoces con la inmensidad de la incertidumbre del interior del océano. Me sigue dando mucho miedo.

Mis veranos eran más de tierra, de campo. De amigos contratados por meses a los que apenas veía treinta o cuarenta días al año y luego nada. Amistades temporales que de verano en verano se mantenía la relación intacta. Pasaban cerca de cuarenta semanas y al volver a veros te faltaba decir eso del "como te decía ayer..."

Hacía siempre buen tiempo y no existían las malas caras. Tampoco los malos gestos, ni los enfados, ni los berrinches, ni las voces, ni las discusiones. Era perfecto. Y no, no había mar, ni litros y litros de agua. Como mucho una pequeña piscina donde refrescarse del calor del verano.

La bici siempre estaba contigo. Haciendo paseos de mañana, tarde y noche. En el mar no puedes usar la bici ni siquiera por la playa. No puedes escaparte entre los árboles de un pinar o irte a otro pueblo a comprar. Tampoco te atreves a dejarla a la puerta sin candar sabiendo que nadie se la va a llevar.

Desde aquellos veranos de campo, de olor a cebada y de domingos de misa y convite creo que he vuelto a andar en bicicleta tres o cuatro veces en mi vida. También tengo miedo a eso. A pensar y a recordar. Es andar en bici... no es más que dar pedales. Es una acción simple pero difícil.

Esa bicicleta siempre estaba preparada. De verano en verano acicalada con algún que otro cambio. Unos reflectantes nuevos, unos pedales más fuertes... pasar de una bici normal a una con cambios... El verano se veía mejor si lo mirabas sentado en el sillín de una bicicleta.

Quien nos enseña a andar en bici es una persona especial. Es uno de los momentos que todos recordamos. "Pues yo aprendí andar en bici...", "Cuando me soltaron sin pedales..." Pedales o ruedines, como cada uno lo quiera decir. 

Esos ruedines que impiden que te caigas cuando apenas sabes andar por la vida. Esos pedales a los que te aferrabas cuando no querías que te los quitaran. En el fondo sabías que otro capítulo de tu historia había pasado. Ya tenías el control de tus movimientos, aunque fuera simplemente encima de una bicicleta.

Los atardeceres eran impecables y tampoco había mar. Había paseos por caminos con la brisa de las espigas de trigo rozándose unas con otras y de sombras de personas que paseaban al fondo cuando calentaba menos, casi de noche.

He intentado explicarme por qué ahora voy más al mar. Por qué podría quedarme tiempo y tiempo viendo como cae el sol y escuchando el sonido del agua rompiendo la tierra. No entiendo por qué ahora me interesa más la incertidumbre del fondo marino que la certeza de lo que conozco y apenas vuelvo a ver.

Quizás sea porque falta gente o simplemente porque las cosas han cambiado o porque quien inventó la palabra eternidad no sabía que era un concepto erróneo, una falacia. No existe la eternidad, ni las cosas para siempre. Sino que alguien me explique por qué no me he quedado para siempre en uno de aquellos paseos en bicicleta. 

En el mundo hay muchos sonidos. Agudos, graves, raros, algunos más bonitos... Agradables, un poco molestos, que se te meten por dentro y te taladran el tímpano... Sonidos que te gusta escuchar a menudo o sonidos que jamás querrías volver a oír.

Si te gusta la música conocerás muchos sonidos diferentes y podrías identificar seguro a tu artista preferido con solo escuchar unos segundos. Vamos... lo que hacen en algún programa de tarde en la televisión. 

Escuchar siempre le hace a uno entender mejor las cosas y ya si tal, luego uno decide si responder o no a algo. Escuchar reordena las ideas del cuarto de adolescente desordenado que es nuestra cabeza. Escuchar te traslada a veces a otros lugares alejados de las dimensiones espacio temporales que conocemos, de las pocas.

Hace unos años escuche un sonido producido por el contacto de un labio sobre un trozo de madera fino que no sé muy bien por qué razón convertía a uno en una de esas personas que pegaban el oído a la radio en busca de algo con lo que entretenerse. Un sonido mágico que como cual rata de Hamelin, te hacía ir hacia él en busca de su origen.

En ese camino de llegar hasta aquello muchas eran las cosas que se te venían a la cabeza. A veces creo que para explicar cosas vale con tener algo de música de fondo, una banda sonora que te ayude a expresar cosas ancladas en lo más profundo de las antípodas del cerebro donde se acumulan todos aquellos recuerdos que tienen la etiqueta de 'archivar por si fuera necesario volver a recordar'.

En este caso la banda sonora para rescatar uno de esos archivos empolvados suena con solo de saxofón. Con arpegios de fiesta y con el sonido rasgado de años y años de música a su espalda. Suena bien. Suena a un solo en un pasodoble, a virtuosismo improvisado pero que clavaba las notas como si llevaran toda la vida escritas.

Recuerdo el sonido de noches de euforia y música, de sonrisas sobre un camión con focos móviles que dibujaban sobre el suelo la imagen del sonido, porque el sonido también se puede ver.

Recuerdo un abrazo antes de comenzar una actuación y un guiño de ojo después de que una nota no fuera la que tenía que ser. La música es ese arte que se siente con todos los sentidos, se ve, se oye, se toca, se saborea y se huele. 

Por eso nos gusta tanto. Porque nos lleva a un momento concreto donde vimos algo que jamás olvidamos o porque quizás tocamos algo cuyo tacto siempre recordaremos.

Él era experto en eso, en hacer que durante 4 horas todo el que escuchaba aquel sonido desapareciera de la vida y de sus problemas y durante unos minutos, durante una noche, ser el protagonista de su ahí y ahora.

Persona que pensaba y hablaba con un saxofón y que no le importaban muchas más cosas que levantarse cada día y tener algún tema que tocar, probar o volver a versionar.

Era un poro por donde respiraba el arte de la música y que te hacía pensar porque el mundo cada día necesita más ritmo y más baile y algo menos de rutina y de sobreesfuerzo mental.

Recuerdo sonidos también de viajes de ida y vuelta, y de momentos encerrados en el estuche de un instrumento o o en las brisas de aire de la plaza de un pequeño pueblo. 

Por desgracia como muchos de los temas musicales acaban con un 'chimpum' que no te esperas. Con una cadencia tan simple que en cuestión de segundos te vuelve a dejar en la realidad que vivías. Qué pena que la música a veces se acabe. Qué bendito privilegio poder seguir, tras los años, pensando a algunos buenos amigos recordando su sonido. Recordando su música. 

Dicen que los hombres nunca lloran, no es verdad. Yo los he visto y escuchado. No muy lejos de mí a apenas unos metros. Con esa frase comenzaba uno de los libros de una profesora y amiga que hablaba de caminos. Del gran camino.

Precisamente hoy después de todo, del corto o largo camino recorrido hasta ahora pensar y mirar atrás es una forma de responder a ciertas preguntas que durante estos meses uno se ha hecho. ¿Cómo es mi camino? ¿Qué ruta es la que he soñado siempre? ¿Cuánto dura esa travesía?

Hoy puede que tenga alguna respuesta para apuntalar una tesis sobre ello y la respuesta es una palabra que se entiende como número: siete. Porque la vida puede entenderse en siete días, o encontrar sentido siete jornadas después. Siete mañanas después, en siete pasos más, en siete abrazos, en siete esfuerzos o en siete momentos.

El número siete es muy querido por la gente, suele representar fuerza y también valentía. Liderazgo y honor si hablamos en términos futbolísticos. Siete son los días que tiene una semana. Conozco a gente que vive durante una semana al año y aguanta con eso el resto de los días. A alguno prácticamente ni se le ve más que durante siete días por la calle.

Un camino de siete días puede parecer corto, pero puede ser toda una vida. Encontrar el sentido a muchas de las cosas que a uno le han ocurrido en una semana tiene mérito, de veras lo digo. Siete veces pensé en ti, también en aquello, y lo otro lo dejé para el último día, porque soy muy de dejarlo para el último día. Siete veces me junté y siete veces suspiré. Siete veces te miré y siete veces te recordé. 

También siete vidas esperé y por fin en la última logré vivir. La última bala esperaba al final. Como todo lo bueno, lo que deseamos y lo que esperamos. Todo empieza cerca del final como decía el cantante en su letra. Todo.

Conocer la felicidad al final. Hasta entonces solo eran pequeñas referencias. Oscuras referencias interiores o heredadas. Uno piensa que la felicidad no puede estar en el futuro, porque siempre la cogemos del pasado, del recuerdo. Llevamos la imagen como memoria. La felicidad, como decía Umbral, es algo que ocurrió una vez.

Por eso, aunque solo hayan trascurrió otros siete días. Aquello ocurrió una vez, la primera. La que no vuelve. Un momento fugaz, repentino, casi sin apenas poder asimilarlo. Pero ocurrió y que bueno que ocurriera. Quizás aquel momento lo pensé más de siete veces, seguro que si.

Cada siete pasos volví a pensar en el instante. Aquel momento y lugar al que volveré siempre que los tiempos se tiñan con nubes oscuras y colores pálidos. Andaré y tocaré siete veces esa puerta hasta que me abran y allí esperaré reencontrarme con ese momento y con todos los que allí estábamos y como estábamos. 

El reflejo del sol sobre la madera y un mar de voces de timbres distintos. El sonido desconcertante del paso de la vida, del avance de un movimiento soñado que por momentos se cumplía. 

Instantes de película que por desgracia no puedes dar para atrás. Para alguien obsesionado con el tiempo como quien escribe, vivir de momentos, no poder parar, retroceder y volver a esa hora, al minuto y al segundo que quieras de tu existencia es horrible.

Con siete pasos más, de madera y los de nuestras piernas avanzamos hacía el oasis de un final de semana que es como el clímax de una película clásica en blanco y negro con amantes declarándose su amor y la banda sonora sonando con su tema principal. En este caso, bien podría ser una película envuelta en un encierro de tela, donde sólo estás tú en la subjetividad de un plano secuencia.

Ojalá se repita al menos siete veces más. Siete despedidas, siete abrazos y siete besos de tarde. Siete lágrimas cayendo y siete semanas más. Y que siempre nos dejen volver a aquello. Al principio. Al origen. Donde fuimos felices en un instante o en siete horas. Poder volver a los 17 después de un siglo si hiciera falta.

Y pensar en esa facilidad desconcertante con la que se va la vida, en la complacencia indiferente con que se cumplen los sueños y en esa angustia no excesiva de que todo está al alcance de la mano. Que los sueños coloridos del muchacho, que jugaba en casa y vislumbraba escenas en la calle, no eran sino pequeñas realidades a las que volver de vez en cuando. En mi caso, al menos unas siete veces por semana.

Hace unos días hice esta fotografía un poco a traición, sin permiso en un primer momento, pero más tarde, comentando lo tanto que podía representar, decidí preguntar a quien en ella posa que si no le importaba que la pusiera aquí.

El me dijo que no, que no pasaba nada. Sólo estaba leyendo un libro apoyado en una de las estaciones del servicio municipal de bicicletas. Eran más o menos las 20:00h de la tarde, empezaba a hacer un poco de rasca en Madrid por eso la ayuda de la chaqueta gruesa de cuero.

El hombre tenía sobre sus manos un libro con algunas marcas en ciertas páginas, le pregunté que qué leía y me dijo que un libro de poemas porque le gustaba mucho la poesía. Era un libro más en la retahíla de ejemplares que había leído.

A aquel hombre solo le acompañaba aquel libro y el carro que ven al fondo. Hablando un poco me dijo que tampoco necesitaba mucho más. En una vida que en ocasiones le fue esquiva había llegado un momento en su ciclo en el que quería vivir con lo justo.

Cuando rompía la tarde solía ir por aquella calle para hacer tiempo antes de tomar algo para cenar, siempre lo hacía con un buen libro para amenizar la espera. 

Un periódico esperaba a que el libro acabara o a que el caballero se tomara un descanso para dejar paso a la actualidad más inmediata. Tampoco recuerdo ahora si la copia sería del día o era algún noticiero de la semana, o el mes... el señor me dejó claro que no le gustaba agobiarse demasiado.

Al llegar a casa, en un artículo en una revista dominical leí sobre cómo crecía la tendencia del olvido y del casi abandono a nuestros mayores. Algo que según podía ver en un titular grueso de la página: sería la nueva epidemia creciente. 

En ese momento recordé una conversación que tuvimos un grupo de amigos en una ciudad castellana hacía algún año con un profesor camerunés que pasaba por la calle junto con un grupo de chavales en uno de esos campamentos de verano en los que las familias suelen dejar durante unas horas a sus chiquillos.

Por alguna razón salió el tema de cómo trataban en su país a las personas mayores y él para referirse al caso español cambió su cara rápidamente. Decía que se sorprendía después de 5 años cómo en España cuidábamos a nuestros mayores y lo rápido que nos deshacemos de ellos.

Uno de nosotros recordó en ese momento lo mucho que habían hecho por lo que hoy podemos llegar a ser, aquella generación que dio tanto y recibió tan poco, la de nuestros bisabuelos, abuelos... para otros por supuesto, sus padres, tíos...

La "responsabilidad" que tenían, dijo el camerunés. Ese sentido de responsabilidad tan fuerte y lo poco que se les reconoció tiempo más tarde. Cuanta razón tenía, y sólo llevaba 5 años aquí. 

Hoy en estos tiempos en los que parece que todos nacimos ayer y que el pasado son dos trozos de papel que se pueden ir recortando según nos venga bien y pegando con pegamento de barra de colegio los capítulos que más pueden cuadrar para defender una u otra cosa, seguimos dejando de lado a los artífices de gran parte de lo que hoy tenemos.

Su "responsabilidad" es tan distinta de la nuestra...

Al día siguiente escuché al filósofo y profesor David Pastor Vico hablar sobre los índices de confianza interpersonal que teníamos los jóvenes de hoy en día. Se mostraba perplejo al ver como nos sorprendíamos tanto de que se incumplieran las medidas durante la pandemia. Venía a decir algo así como que tan bajos son los niveles de confianza, tan bajos son los de responsabilidad.

Semanas después de aquel flashback volví a pasar por la calle y no encontré a aquel hombre. Lo intenté unos días más y tampoco. Supongo que dejó la zona o simplemente acabó aquel libro y hoy ya esta con otro nuevo. De aquí para allá, como su generación: La generación.

Tuve la oportunidad de entrar en aquella casa. No era un lugar cualquiera, se respiraba un cierto aroma a buen gusto y a riqueza humana. Al fondo del pasillo, una cocina con infernillo de gas y alguna fruta encima de la mesa hacía pensar que en aquel sitio sólo habitaba una persona. El baño, con limpieza absoluta, me recordaba a la casa de mis abuelos. Encima del lavabo un armario con cuatro puertas acristaladas de cuatro espejos que te partían la cara en dos. Era idéntico al que ellos tuvieron mucho tiempo colgado en su aseo. Se podía ver como alguna mancha no se había quitado, serían manchas del tiempo.
Fotografía cortesía de Rafael Montojo Sánchez, Copi-Copaer para los amigos.
El corto pasillo te conducía a una pequeñísima habitación en la que entraba poco más que una cuna. En esta ocasión era un armario de pequeñas dimensiones por el que se podía ver entre sus puertas el coleo de una blusa azul. Había alguna silla, me imagino que serían las que ponen cuando hay visita. 

Nada más entrar, recuerdo que unas flores en la pared te daban la bienvenida, como si entraras a uno de los jardines reales con enredaderas, lirios o arbustos bien podados. A ella poco después de preguntarla que qué haríamos con esas flores, dijo que no era lo suficientemente importante, que podíamos quitarlas si fuera necesario.

Ella, ahí estaba ella, esperándonos en un salón de cuatro paredes blancas con vistas al casco antiguo de una vieja ciudad. Blusa negra, pantalones vaqueros y unos náuticos marrones. Un salón con una mesa preparada para poner un brasero en el invierno, una estantería con recuerdos, tinajas de barro y un retrato. 

Aún recuerdo aquel retrato. Sólo había una fotografía en toda la casa. Era la de él, un hombre sonriente que posaba ante la cámara para una instantánea eterna. La foto no era más que media cuartilla de un A4. Se veían los rebordes a los que no llegaba a cubrir el marco de madera que la sujetaba. Lo que sí que llegaba a cubrir era de paz aquella casa.

La cama estaba también en el salón. Estaba situada justo enfrente de aquel retrato como si no pudiera vivir quien allí durmiera, ni una sola noche sin verlo. Era su marido. Ella vivía sola desde hacía un tiempo. Habían pasado muchos años, albures... incontables momentos para el recuerdo. 

Era su casa. Pequeña, limpia, perfecta para albergar aquel retrato incoloro que soportaba el recuerdo de un amor eterno.

Ayer vivimos un nuevo 8 de marzo que, dentro de la marabunta de declaraciones, opiniones y acciones judiciales, nos hizo reflexionar sobre cuál es la realidad que vivimos hoy en día y sobre cómo se estructura la sociedad actual con los importantes desafíos que se nos plantean. Hoy especialmente abrimos la cartera de los documentos del feminismo.

Aristófanes en su famosa comedia Lisístrata indica que "no hay justicia social si no se cuenta con las mujeres". Estamos hablando aproximadamente del 411 a. C. y ya teníamos ejemplos de ensalzamiento del papel de la mujer. Esta fábula habla además de la administración del capital e indica la paradoja que existía en la sociedad de entonces, pues al ser las propias mujeres las administradoras de la casa, no tenían la posibilidad de administrar las finanzas.

De Lisístrata a las multitudinarias oleadas de Spanish Revolution y el 15-M. En gran medida bajo el slogan: "La revolución será feminista o no será". Recordemos el enunciado de la obra de la Antigua Grecia del párrafo anterior... 

El lema se vino abajo tiempo más tarde debido a la falta de perspectiva feminista que existía en la Asamblea del 15-M, lo cual tiene su reflejo diez años más tarde hasta hoy. Disidencias claras entres los partidos políticos y grupos sindicales sobre cual es realmente el buen feminismo. Precisamente, lo que muchos llaman el fruto de aquel 15-M, Unidas Podemos, hoy muchos se preguntan si en la actualidad es lo suficientemente feminista como lo marcan sus ideales.

Las autoras Kira Cochrane y a Alicia Miyares hablan en su trabajo de investigación sobre una cuarta ola del feminismo de la que indican, es la que está teniendo lugar en la actualidad. Esta ola se caracteriza por tener una conjetura de unión y por la transversalidad en todos los sesgos de participación de la persona, el trabajo, el ocio, la información... que no se limita a la acción política o a la acción sindical.

De hecho, en esta investigación ambas autoras resuelven que en esta cuarta ola existe un feminismo burgués que rechaza por completo una historia del feminismo, tomando esta afirmación a su vez de las autoras de El tejido de la rebeldía (2014), Julieta Paredes y Adriana Guzmán. Una postura que habla del feminismo como un síntoma de modernidad y que responde a una visión occidental y burguesa, dejando atrás años y años de lucha.

Esta cuestión no la podemos dejar pasar por alto y es que, desde mi punto de vista, no se puede entender cómo un tema tan trascendental como el feminismo pueda tener en la actualidad tantos sesgos entre la sociedad. Si el fin, se supone claro, es el mismo. ¿Por qué diferentes maneras de predicar y de actuar? 

Estos sesgos no es algo que sólo se promueva desde el activismo feminista ya que como comentaba, los partidos políticos lo hacen. Se encasillan ellos mismos y hacen creer a la población que votando una u otra cosa, estás votando más o menos feminismo. Esto es realmente un hecho triste pues al hablar de conceptos tan troncales, hacer política es una frivolización de las necesidades sociales de los individuos.

Dejar de lado las luchas políticas por el feminismo debería de ser punto en las asambleas y no alardeos para ganar votos. Por supuesto, además, implicar a los hombres para conseguir de una vez el cambio de tendencia y de conductas. De ninguna manera se podrá lograr la plena igualdad sino es desde la unidad. Por cierto, palabra cuya acepción terminará cayendo en el olvido.

31 de Diciembre de 2020. Sí, lo he dicho. La temida cifra por gran parte de la población mundial: 2020. No preocuparse que quedan horas, el sufrimiento ya acaba. En cuestión de tiempo el virus se marchará, los hospitales volverán a su transcurso habitual, y todos volveremos a echarnos a la calle a celebrar todo lo que no pudimos celebrar en diez meses.

Ojalá fuera verdad. Por desgracia la matemática y el tiempo no pueden hacer cambiar drásticamente situaciones y acontecimientos, y menos si la que estamos viviendo actualmente está abalada por la madre naturaleza. No todo es culpa del 2020.

Hoy quiero ser la voz discordante, el que se quede con este año, aunque también le haya quitado mucho y le haya hecho cambiar algunas otras cosas. ¿De donde viene esta fobia a un número de cuatro cifras? ¿Por qué culpar al cambio de década de todo lo malo?

Miedo al virus si, y miedo al cambio, a los cambios. El tortazo que todos nos dimos cuando algo o alguien nos dijo: hasta aquí. Cuando aquella sociedad líquida de la que nos hablaba Bauman se desquebrajaba y aún hoy, pese haber recuperado importantes cosas que nos arrebataron en el mes de Marzo, no sabemos como reaccionar o cómo regresar a lo que fuimos.

Un año que comenzaba con un enero frío como otro cualquiera y que tras la Navidad nos dejaba una dura posdata en la que nos recordaba el haber disfrutado de aquella Navidad porque en la siguiente sería un regalo de Dios el poder ver a los tuyos, físicamente. 

En fechas postrimeras del primer mes del año, el mundo recordaba el 75 aniversario de la liberación del campo de Auschwitz aún con testimonios valiosos de lo que allí se padeció, una imagen que contrastaba con los golpes de estado, conflictos armados y horrores que hoy aún en el globo terráqueo se siguen sufriendo.

Febrero ya con el mega hospital de Wuhan construido, aún se veía lejos aquella construcción y mucho más lejos la enfermedad que dentro se intentaba curar, como a orillas del Amazonas se intentaba frenar los incendios que un año más azotaban uno de los pulmones principales del planeta. La imagen premonitoria de lo que estaba por llegar.

Marzo, con importantes movimientos feministas y multitudinarias protestas que se detuvieron de golpe con los confinamientos y la alarma sanitaria global. 

Desde entonces pocas cosas volvieron a ser iguales, aún alguno recuerda hoy su último concierto de pie gritando con su buen amigo abrazo, la última vez que se sentó en un abarrotado estadio de fútbol o la ultima vez que se fue al extranjero a conocer más mundo.

Abril, Mayo... apenas sin poder ver el avance de la primavera, la procesión tuvo que ir por dentro, nunca mejor dicho, y de nuevo tocó tirar de recuerdos para intentar ser un poco más felices entre cuatro paredes. También llegó Junio y el final lo veíamos cerca. Con la fase tres esto se acababa, pero no. Todo empezaba y dábamos paso al verano más raro que se recordara. El verano más diferente de toda nuestra corta y selectiva memoria.

Septiembre hizo entrada en escena, siempre con cambios y esta vez con algunos importantes: mascarillas, distancias, y algunos días más tarde, antes de la medianoche todos en casa a dormir. La salud era la prioridad global en todos los países, o al menos la principal excusa para hacer de todo con el poder. Era por nuestro bien. Mejor aquí no entro.

Que cambiado estaba el mundo, en apenas unos meses parecía otro. Alguno no sabía ni como vivir, pero ¿qué era aquello? Estaba perdidito el pobre. Y la vida siguió... y todos nos hicimos cautivos de una situación impredecible y confusa.

Ya en los últimos suspiros del año, algunos celebraron que no hubiera villanos en casas blancas pero no pudieron hacer lo mismo con los archienemigos de cualquier reducto de libertad que siguen habitando en muchas otras casas de diferente color. 

La vida seguía si, o no. Cerrando el año también se autorizó en nuestro país el que se acabara con ella cuando un individuo decidiera que hasta ahí quería vivir. Conseguíamos más derechos, pero menos humanos.

Y hasta aquí puedo leer, espero que la premonición mundial que existe sobre el 2021 sea verdad pero no haga olvidar este año. Va a ser importante el haber aprendido algo, un poco de qué podemos hacer mejor en situaciones complicadas. Yo hoy pese a todo intento seguir comprendiendo, es cuestión de tiempo entender, espero. Por el momento, lo dejo estar. 


Vuelvo al negro sobre blanco digital meses después de mi última entrada por aquí. Esto puede ser sinónimo de que en algo bueno he estado ocupado o de que el tiempo, un bien escaso, me ha jugado una mala pasada. En cualquier caso, no quiero que usted crea que ha sido por falta de ganas de escribir, ni mucho menos.

Hace algunos meses vi la película Birdman (2014) y desde entonces hay una frase que me recorre la cabeza cada vez que intento encontrar sentido a lo que el ser humano es capaz de hacer en determinados momentos. La frase decía así: la inesperada virtud de la ignorancia. Así, directa y de sopetón. De primeras puede parecer una antítesis en toda regla, poseer una virtud llamada ignorancia, pero lo cierto es que cada día estoy más convencido de que es posible.


Si ya había quien decía retóricamente, tampoco los tiempos daban para mucho más, que la vida es una obra de teatro y que encima no se permiten ensayos, el cuadro que ahora mismo tenemos encima es de esos que requieren de mucha improvisación, no demasiado decorado y una luz tenue sin cierre de telón. 
Hoy intentamos ser ese personaje venido a menos a los que la obra se le queda grande y sólo puede salir al escenario a ver de cerca los nubarrones que los tiempos nos han dejado. Llueve en el escenario y no, no es un efecto de sonido, nos mojamos de verdad.

Mamá, quiero ser artista. Es la frase que nos falta a todos al nacer. O nuestra propia madre diciéndonos: bienvenido a la obra hijo, ¿qué papel quieres?, en caso de que se pudiera elegir. 

El ser humano continúa sumado en su propia ignorancia y no hace nada por salir de ella, prefiere que se lo den todo hecho y que los problemas vengan también con soluciones al final, como los libros de autodefinidos de los domingos por la tarde.  

Por suerte hay quien pretende salir de escena con la obra sin acabar y mostrarnos al resto de actores que se puede ver más allá de lo puramente cotidiano. En las alas de ese Birdman hollywoodiense, viven todos los que se salen del guion e intentan aportar algo más a su personaje. Quizás en otra representación o que se yo, en otro escenario ya sin público ni nadie mirando u observando. Viviendo en su particular obra de teatro dentro de sí, la que va por dentro.
 

Mientras estas personas intentan escapar, el resto seguimos presos de un papel que no deja recibir críticas y cuyo "The end" nunca aparece. Siempre hay una línea cómoda marcada a la que nosotros, humanamente ingenuos, caemos y nos decimos lo bien que nos sienta ese personaje.

Llega diciembre, y al guionista de la representación le apoderan los sentimientos obligatoriamente bonitos, le encantan las luces de colores en el escenario y las es-cenas- buenas llenas de gente. Entre bambalinas ya se oyen voces diciendo: "...cuidado con pisarnos en los tiempos de intervención, hay que cuidar el guion no sea que no se nos vaya a entender..."

Diciembre es el hable ahora o calle para siempre, es el momento quizá de hablar con el director y decirle que a la vuelta de enero la obra pierde un buen actor. Que lo dejamos, que se busquen a otro. Seguro que habrá miles de personas buscando un buen guion, cerrado y sin complicaciones para que la cabeza no se vuelva demasiado loca con eso del pensar.


Diciembre es el andén de las historias muertas donde no hay opción de cambio de sentido. Donde el rezagado quiere ponerse en cabeza con todo lo que tenía por hacer en 365 días y donde el que creía llevar todo al día, se da cuenta que se dejó lo más importante olvidado en la primavera, en aquel abril que nos parecía carente de sentido. 

En este mes es fácil pensar en volver a donde fuimos felices, pero si seguimos al poeta, no es una buena recomendación. Diciembre apunta a un "entradas agotadas" para vernos a todos acabar el año más duro de nuestra vida, o al menos el más diferente. 

El guionista se tomó unos días de vacaciones. Aprovecha, ahí lo tienes, corre. Cambia lo que quieras, y lo que no déjalo. Pero hazlo por una buena razón y sobre todo si te quedas, que no sea por comodidad. Porque las buenas historias, no las más grandes ni épicas, siempre se escribieron desde un rugoso papel, con tachones de tinta y esquinas rotas de anidar en los bolsillos de un dueño descuidado de sí e interesado por todo lo demás.


ESC. FINAL / INT. CASA. INVIERNO. LUZ TENUE. 

(No hay texto ni acotaciones, improvisa)


Afectuoso saludo, vayan mis disculpas de ante mano por haber estado un tiempo sin escribir. Como diría Pedro Sánchez a sus chóferes cuando volvía a Ferraz meses después de su renuncia al acta de diputado y en uno de sus lapsus atributivos a autores erróneos: "como decíamos ayer..."

Pues cómo decíamos ayer, la cosa ha cambiado bastante poco, si acaso a peor. Seguimos con una pandemia que nos adelanta por la derecha y la cual no parece entrar en la agenda política nacional como principal punto a acometer, mas bien se está convirtiendo en el arma política de todos los partidos. No sé que tiene España, que todo lo convertimos en razones para la disidencia. Ya ni una pandemia en la que está muriendo tanta gente vale para trabajar de la mano.


Con una sobredosis de información diaria que da miedo encender la televisión y leer los periódicos, el otro día al ir a tirar la basura, me encontré a los pies del contenedor azul, una caja en la que se podía leer el número 2020, escrito con un rotulador negro grueso. En su interior había una serie de agendas de diferentes tamaños y estilos que por el polvo y el maltrato estético que presentaban, parecían sacadas de un despacho de un almacén de grano. 

Las cogí y las puse sobre la mesa y decidí pasar un trapo húmedo sobre sus duras tapas, era como desempolvar un año. Limpiar lo malo y adentrarte en las pocas fechas que quedan del anuario para escribir con fina pluma nuevas aventuras e importantes hitos, para algunos personales y para otros más familiares.

Había una de ellas que destacaba sobre las demás, creo que era por su peso y tamaño, cuando la abrí estaba llena de información. Me agobié solo de leer tantas palabras juntas a la vez, que horror. Escritos en azul, en rojo, hasta en verde, ese boli que usábamos en el colegio muy de vez en cuando para corregir los errores. Madre mía si le dijeras hoy alguno que necesitan el verde para corregir sus fallos... a buen seguro perderías amistades.

También pude apreciar otra agenda, que estaba llena de papeles rebosantes y de marcapáginas con los bordes completamente destrozados, indicio de que había capítulos de la historia que no se querían perder u olvidar. Abrí la agenda y eso era un compendio de recortes de periódico, revistas, hasta direcciones web, porque ahora ya pocos recortes de periódico se guardan... había muchos enlaces a páginas web, muchos.


Era sumamente raro que hubiera habido una persona que hubiese querido deshacerse de tales dispensarios de momentos y citas. Algo raro ocurría ahí, ya que conté más de diez agendas diferentes. Mucho trabajo tendría que tener el tipo o la tipa que abandonó un año de esa manera.

Cuando llegué a casa, aprecié desde mi ventana como diferentes personas mas llevaban sus agendas a esa caja. Vamos... que no era solo de una persona, que era como si hubieran implantado un nuevo tipo de contenedor para agendas, con un estilo más cutre que los actuales claro.

Rompió la media noche y escuché un sonido de vehículo viejo que se paraba justo en la puerta de mi casa y se podía leer en una de las puertas, un vinilo en el que ponía: Planta de reciclaje de Vicálvaro. Un caballero, algo castigado por el tiempo, se bajó del coche, cogió la caja llena de agendas y las metió en el maletero.

A la mañana siguiente, me crucé con mi vecina de la segunda planta y mirando el buzón y su correspondencia me preguntó que si el fin de semana iría al pueblo. Me quedé tan sumamente noqueado que entendí que significaba la recogida de agendas de la noche anterior. Ya no somos individuos con grandes planes y proyectos a largo plazo, no. Nos han convertido en una máquina más que no puede planificar en gran medida y que se limita al día a día. Por decirlo de alguna manera: nos han robado el futuro, y eso que el pasado también esté en tramites de disolución.

Envuelto en una duda sobrecogedora, entré en casa tras la conversación y me puse a escribir una nueva entrada para mí descuidado blog, la cual estoy ultimando con este párrafo ahora mismo y que tenía escrita en mi agenda desde hacía algunos días. En boli escribí la siguiente nota: no quisiera perder certidumbre, ni mucho menos perder mis planes de futuro, eso nadie se lo arrebata a nadie.

Bienvenido Madrid, bienvenida nueva vida.





Caluroso y diferente mes de agosto. Parece que la información, las buenas noticias y sobre todo, los buenos datos de esta pandemia, se resquebrajan como el final del verano. Los medios de comunicación iniciaron ya su segunda ola informativa sobre la Covid-19, y en la mayoría de los informativos, los números toman mayor protagonismo que las letras: ayer fueron 200 contagios menos, hoy son 300 más.


Obviamente, pese a los innumerables intentos de parar de nuevo el mundo y contagiar a la sociedad de ese pánico extremo, que hace a las personas estar en sus casas consumiendo contenidos audiovisuales con el último televisor 8K de Samsung o haciendo una videollamada con la potente nueva cámara frontal del iPhone X, la vida sigue y la cultura aguanta.

Cada vez más, uno necesita leer historias o poemas que le hagan evadirse de una realidad hecha a medida o ver películas de ficción que pueden llegar a ser más reales que nuestra propia evidencia. 

El recuerdo también es un sentimiento que nos invade a todos un poco y de vez en cuando en conversaciones con amigos y familiares espetamos frases como: "qué felices éramos entonces...", "no necesitábamos más que eso...", "ojalá volver a esos años...", "fueron los mejores años de nuestra vida". Por cierto, frase que pone nombre al film de la fotografía inicial.

Es un sentimiento generalizado que la sociedad española volvió a producir el pasado 18 de agosto, recordando al imborrable Federico García Lorca. Qué diría hoy el poeta si viera como la esperanza de muchos de nosotros, fuera poco a poco muriendo. Aquel más terrible sufrimiento, que él siempre procuró tener lejos. 

A buen seguro, le gustaría ver como actuamos más bien como caracoles aventureros en busca de nuevas experiencias en Nueva York, encontrando más tarde alguna Doña Rosita solterona con la que ennoviarse e irse a vivir a la Casa de Bernarda Alba después de haber tenido una de esas Bodas de Sangre.


Pensaba el otro día y me preguntaba la de historias que quedaron por el camino y la cantidad de frases, versos y palabras encadenadas, que yacieron por culpa de la sinrazón del hombre. Quisiera hoy recordar a algunos de aquellos poetas y literatos que perdieron su vida escribiendo y tratando de mostrar una evidencia que aún la humanidad no ha entendido: el no a la guerra y al conflicto armado.

Podríamos crear un larguísimo poema con todos y cada uno de esos versos caídos. También una historia de aquellas de mucha miga, con todas las novelas que se quedaron en un rugoso papel, esperando el regreso de su autor. 

Imaginen comenzar por una Rosa de los vientos del gran Hinojosa, pasar por ser El Soldado de Rupert Brooke, con las melodías al piano de Granados, escondiéndonos en una de las sombras de Edward Thomas, recordándonos lo que nunca fuimos.

También pueden imaginar, que en una de aquellas noches oscuras en las que ardían libros en Bebelplatz o en la que se buscaba a poetas para su detención en la temida Rusia de Stalin, allí, muy lejos Al final de todo estaba escribiendo David Bergelson con el sonido de fondo de la polea de El pozo del gran Itzik Feffer.


En esos entonces, Boy-Żeleński nos podía preguntar si ¿Conocemos este país? y nuestra respuesta podría ser noticia en el periódico para el que trabajaba Felix Fechenbach. Y a media voz, nos convertiríamos en El principito de Saint-Exupéry, y Ana Frank querría sacarnos en su diario. 

El recuerdo de nuevo, sigue siendo ese clavo ardiendo al que todos nosotros nos aferramos en nuestros malos momentos, y en los buenos también. Les hay que hasta viven de recuerdos. Es esa manera que tenemos los humanos de hacer eternos a los que ya no están y a los que se fueron, dejando una huella que ninguna guerra podrá borrar.

Siempre habrá un club de poetas muertos, que nos recordará aquello del carpe diem y del vivir el momento al máximo, pero muy cercano a él, entre razones tan infames como la propia oscura muerte, el recuerdo, como una vela, luce marcial en el otro club de literatos, el de los poetas eternos que nunca terminaron de irse.

Un afectuoso saludo. Esta semana de nuevo la evolución de la pandemia nos deja datos preocupantes y bueno, otros datos que algunos preocupan demasiado más como la salida del Rey emérito de España, una noticia que ha conseguido eclipsar al Coronavirus, mira que parecía complicado. En cualquier caso, con el fondo de Joaquín Sabina, ahora mismo con Peces de ciudad, le invito a leerme unos minutos.


Una de las palabras más de moda actualmente, aparte de mascarilla, virus y contagios, sin duda es la palabra: presunto. Y todas sus homónimas de campo semántico: presunción, presuntamente, presuntuoso... Una palabra que día tras día, las personas estamos reconvirtiendo su significado, ya que según la R.A.E presunto significa: supuesto, y supuesto es un adjetivo: considerado real o verdadero sin la seguridad de que lo sea.

Y ahí es precisamente a donde quiero llegar. De un tiempo a esta parte, nos hemos hecho expertos en criminalizar, juzgar y discriminar sin tener la seguridad de que todas esas connotaciones negativas que se imponen a una persona o a un movimiento sean ciertas. Por mucho que nos digan, seguimos actuando como masas, simplemente han perfeccionado el sistema y falsamente nos adjetivan como "personas informadas". Seguimos tragando con lo que dicen unos pocos por el mero hecho de ser afín a ellos y a sus ideas, como borregos, vamos y nos lo creemos.

Este efecto dominó hace que la sociedad, poco a poco, se vaya acostumbrando a la mentira, a las bravuconadas y a las intervenciones con grandes cantidades de inmundicia, frecuentadas en redes sociales, las de Internet y las de la calle. Acostumbrarse a que te mientan y no tener la capacidad crítica de poner filtro, en definitiva, lo que genera son consecuencias peligrosas.

Hemos cambiado. No han parado de decirnos esa frase durante todos estos meses y también aquello de que saldríamos más fuertes y mucho más humanos. A estos titulares de tiempos duros para la verdad, me voy a permitir el lujo de incluir al principio la palabra, presunto, ya que está tan de moda: presuntamente, hemos cambiado.


O bueno, ahora que lo pienso, en estas últimas semanas hemos podido ver como la mayor parte de los futbolistas se han reducido el sueldo, pasando de millonarios a mileuristas. También como los políticos que no asisten a las sesiones plenarias han renunciado a sus dietas y su sueldo se lo han reducido un 50%. 

Las personas hemos ganado conciencia, entendemos lo que entraña una situación pandémica y aceptamos las medidas de seguridad y sobre todo las cumplimos a rajatabla, entre otras cosas porque respetamos a las personas que pertenecen a grupos de riesgo. A nuestros mayores, nuestro padre con asma y a nuestro primo alérgico a las gramíneas.

También hemos contribuido a prioriza y a premiar a nuestros sanitarios y los sueldos quebrados de los que hablaba, se han convertido en recompensa por el trabajo de los que conviven con el "bicho" cara a cara en turnos de 12 horas. No sólo eso, sino que hemos reforzado nuestro sistema sanitario, con muchos más profesionales, con más equipamiento y con más "armas" con las que hacer frente al virus.

Pues no, no hemos hecho nada de eso. Entonces, permítanme que piense en nuestra presunción de cambio y en la presunta buena gestión que hemos hecho, y déjenme soñando con esta utopía impedida por el hombre, a la que me refería en los últimos párrafos. Si tenemos que hablar de presuntos, tenemos que hablar de todos y cada uno de nosotros.
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