En Gori nació Iósif Stalin y su ciudad natal parece cortada a la mitad con opiniones cruzadas de los vecinos que hoy transitan por sus calles. Un museo explica la vida del dictador olvidando la mayor parte de sus momentos oscuros y obviando todo aquello que pueda hacer dudar de su legado.
Es parte de la atmósfera del tiempo suspendido que hay en el país y que se repite en lugares como Uplistsikhe. Allí la historia cavó en la misma roca para no desaparecer nunca y para recordar a todos los que la pisamos que por mucho que se quiera, el pasado nunca desaparece del todo.
Pero los georgianos no sólo miran atrás. Recorriendo (esta vez sí) su autovía más larga secuenciada por obras, llegas hasta la costa del mar Negro. Ahí irrumpen los rascacielos de Batumi donde la austeridad y aquella trasnochada historia desaparece por completo.
Los casinos y bulevares bien iluminados reciben a millonarios y empresarios que llegan hasta aquella ciudad dispuestos a dejarse en ella buena parte de su dinero.
Este puede ser un buen resumen de Georgia, con ecos de profetas caducados y luces de rascacielos a pie de un mar marrón contaminado. Donde hay bodas cada minuto los sábados y donde los trenes verdes hoy están parados para los flashes de unos pocos turistas.

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